El evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas. Nico Montero

El evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas. Nico Montero

Queridos amigos. Se acaba de publicar en la prestigiosa y legendaria Misión Joven – Revista de Pastoral Juvenil mi último estudio sobre «El Evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas»

Con la solera que le da su dilatada experiencia como educador en un instituto público y como músico cristiano de larga trayectoria, el autor propone en su reflexión situarse adecuadamente en el escenario de la increencia en el que vivimos para recuperar una nueva conciencia evangelizadora. Y propone hacerlo con audacia y creatividad, desde el respeto a la pluralidad y la mirada cálida a la multiculturalidad, compartiendo su experiencia evangelizadora incisiva y transformadora en ambientes secularizados.

EL EVANGELIZADOR EN CONTEXTOS DE INCREENCIA. RETOS Y PERSPECTIVAS. NICO MONTERO

Profesor de Filosofía. Director de Instituto y responsable de la Formación y Evaluación de directores de la Escuela Pública. Presidente de la Comisión de Escolarización de Cádiz. Cantautor cristiano y Premio ¡Bravo! de la Música. Miembro del Ateneo Literario, Artístico y Científico de Cádiz. Columnista en La Voz de Cádiz, dirige en cadena COPE el espacio “Música, Fe y Compromiso”.

«La ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo» Evangelii Nuntiandi, Pablo VI.

Superar el miedo escénico

A nadie se le escapa que la fragmentación entre la fe y la cultura actual ha crecido notablemente en las últimas décadas, pasando del ateísmo beligerante a un nuevo escenario de increencia y manifiesta indiferencia.  Vivir al margen de la fe se ha ido asentando con fortaleza, de forma especial entre los más jóvenes, que han heredado una desafección que ha borrado del horizonte de muchos la fe como experiencia vital. En este contexto, hay quiénes desconcertados por el clima actual, sienten una recurrente nostalgia de tiempos pasados en los que todo parecía más claro y seguro. En otros casos, se abre paso la actitud defensiva que adoptan algunos, atemorizados por un mundo indiferente y a veces hostil a la fe. Hay también quienes tratan de recuperar la audiencia y el prestigio perdidos asimilando la fe a los criterios de ideologías políticas herederas del nacionalcatolicismo, sustituyendo la salvación y la esperanza cristiana por un ideario trasnochado y poco evangélico. No es difícil encontrar a quienes viven abatidos porque piensan que la incredulidad avanzará sin remedio destruyendo la presencia de la Iglesia en nuestra sociedad. Otros se enquistan en sus propias posiciones sin revisar su forma de proceder y sin tratar de interpretar correctamente el significado y las exigencias de los nuevos tiempos. Y, por último, quienes se lanzan a ensayos desesperados que desnaturalizan la palabra del Evangelio. En ese panorama, se hace fuerte el miedo escénico, y en muchas ocasiones, entra en acción el pánico pastoral ante la dificultad creciente de ser significativos en tiempos de increencia. Es el momento de aceptar que la presencia de la Iglesia en el mundo cambia de paradigma, y qué por hacerse más pequeña, no deja de hacerse más grande y auténtica. Quizá ahora se pueda recorrer un camino más en consonancia y coherencia con la iglesia primitiva y con el ideario de Jesús. Los nuevos tiempos de increencia, el nuevo escenario de intemperie, la ausencia de poder, la libertad frente a las ataduras de los intereses políticos y económicos, configuran una oportunidad para una audaz y renovada EVANGELIZACIÓN EN TIEMPOS DE INCREENCIA. Un nuevo escenario con nuevos retos y líneas de acción.

El difícil escenario de la increencia

No se trata simplemente del descenso de la práctica religiosa o del desapego hacia las instituciones eclesiásticas. Se trata de una mentalidad, de una atmósfera de indiferencia hacia lo trascendente. El indiferente no se preocupa por la cuestión de Dios; ni siquiera lo echa de menos.

Las motivaciones que dan lugar a la indiferencia religiosa son variadas. En algunos casos se trata del paso de vivir con religiosidad al abandono de la fe, que comienza con el alejamiento de la práctica religiosa. En otros casos es el resultado del ambiente familiar, que no ha cultivado la referencia religiosa. También la indiferencia puede ser la respuesta ante un conflicto o alguna crisis vivida que ha derrumbado la fe. Y por supuesto, puede ser el resultado del mal ejemplo de quienes tenían que alimentar y transmitir la fe.

Las raíces de la increencia son también diversas. Para muchas personas no se trata de motivaciones razonadas, sino de un modo de situarse en el mundo que se respira en el ambiente y que es avivado especialmente por los medios de comunicación social. Una de las principales raíces se encuentra en la mentalidad hedonista, que tiene como credo una obsesión por el bienestar. Las personas viven volcadas en el consumo y el deseo de lo inmediato, quedando incapacitadas para abrirse a Dios.

La manera de pensar postmoderna se encuentra también en el trasfondo de la indiferencia religiosa. Se ha instalado un modo de pensar que se caracteriza por una pérdida de confianza en la razón, a la que se pretende sustituir con lo que se ha denominado una “razón débil”. Se desprecian las grandes teorías y doctrinas, las cosmovisiones ancladas en la razón, y se les acusa de generar totalitarismos. Esta razón débil se muestra incapaz de alcanzar verdades absolutas.

La mentalidad cientificista provoca también graves dificultades para creer. Los éxitos innegables de la investigación científica y de la tecnología contemporánea han contribuido a difundir una mentalidad cientificista, que reduce toda experiencia humana a la propia de las ciencias positivas. Los avances de la ciencia y de la técnica han traído consigo en el mundo occidental una gran expansión económica, cuyo resultado ha sido la sociedad del bienestar que, a su vez, ha traído un espíritu desmedido de consumo: se procura un exceso de bienes y se crean falsas necesidades; la producción tiende a convertirse en un fin en sí misma; lo superfluo se convierte en necesario; el hombre se convierte en consumidor. El espíritu consumista acaba generando en el hombre un ansia insaciable de tener y poseer; se siente desgraciado si tiene menos que los demás y acaba siendo insolidario, porque olvida a los más pobres y contribuye indirectamente a su explotación. Este materialismo le lleva fatalmente a vivir como si Dios no existiera y a procurar sacar el máximo provecho de la vida prescindiendo prácticamente de Dios.

La pandemia, una oportunidad.

Y en este panorama, nos visita una pandemia para poner patas arriba toda la sociedad del bienestar que se había configurado como una nueva religión, pertrechada con sus profetas, su credo, sus templos y sus ritos (lo analizaremos con detenimiento en otro estudio). La Pandemia, además de una tragedia, puede ser una oportunidad, especialmente para los jóvenes. Durante la historia han sido escasos, pero significativos, los momentos en los que los adolescentes y jóvenes han tenido que poner en juego un protagonismo inédito y extraordinario para dar respuesta a los signos de los tiempos. No han sido muchos los episodios de jóvenes liderando cambios sociales, porque los hilos de la historia los han movido otros, y la han escrito quienes han creído, no pocas veces, que la juventud es un estado henchido de vagas ilusiones, una pueril fantasía pasajera que tiene poco que aportar al mundo, “serio y realista”, construido por los adultos. En nuestra memoria colectiva nos salen al encuentro los recuerdos de la revolución contracultural hippie de los 60, el coraje y la valentía de los jóvenes chinos de la plaza de Tiannamén enfrentándose, a cuerpo descubierto, al rugido monstruoso de los tanques, la lucha de muchos jóvenes, desaparecidos y torturados, en tantos países, por reclamar democracia y el advenimiento de la primavera en los invernales regímenes dictatoriales, y últimamente en España, el 15M y los movimientos juveniles contra el cambio climático.

Hoy, en tiempos de una gran desafección de la los jóvenes por las cuestiones sociales o políticas, preocupados más en estar al día de lo último en tik tok y dedicados en cuerpo y alma al consumo de las nuevas tecnologías, quién nos iba a decir que esta pandemia colocaría a los adolescentes y jóvenes en su hora más transcendente. Esta realidad ha significado la hora de la Generación Covid, su particular hora de la verdad. Ha provocado una urgente necesidad de superar la apatía y dar paso a la empatía, esa capacidad que provoca que te duele lo ajeno como tuyo, que hace que te afecte el infortunio de los que mueren, el pesar de los que enferman, la intemperie y el vértigo de los que atraviesan penurias económicas, la frustración y la pena de los que perdieron a seres queridos sin un adiós digno. La pandemia ha generado la necesidad de poner en valor una actitud vital, tantas veces escrita, manoseada, contada, apelada… tantas veces reclamada y siempre por estrenar: La responsabilidad, la responsabilidad individual. Ha colocado a los jóvenes en una oportunidad transcendental. Por un lado, ha generado en una gran mayoría (aunque siempre hay algunos descerebrados) una disciplina social, corresponsabilidad y generosidad, valores que entroncan con las raíces y la propuesta del humanismo cristiano. Por otro lado, ha supuesto un baño de realismo existencial y ha recordado, con mucha dureza y crueldad, la fragilidad de nuestra naturaleza, con gran capacidad para la cultura, pero tremendamente biológicos, sujetos a la intemperie de una condición natural que nos hace frágiles ante virus microscópicos, capaces de derribarnos como David a Goliat, pero sin el honor de una batalla leal, sino con la traición de una puñalada trapera que se ceba con el más débil.

En esa coyuntura de incertidumbre e intemperie, es cuando surgen los grandes interrogantes sobre la vida, su sentido, su precariedad, su razón de ser. Es cuando brotan las inquietudes más existenciales que abren un gran ventanal al misterio y a la búsqueda de sentido. Iluminar esta realidad desde los ojos de la fe, generando cadenas de solidaridad y ofreciendo motivos para la esperanza, son el gran reto de estos tiempos pandémicos.

Recuperar la conciencia evangelizadora

Llegados a este punto, es el momento de recuperar la conciencia y el dinamismo evangelizador. Durante mucho tiempo se ha funcionado con mecanismos que tradicionalmente servían para «transmitir» la fe. Los sacerdotes predicaban a los fieles congregados en la misa dominical, las congregaciones articulaban plataformas pastorales con nutrida presencia juvenil, los padres educaban cristianamente a los hijos, los catequistas y maestros enseñaban la doctrina cristiana a sus alumnos. Parecía suficiente. Bastaba el ambiente cultural para que se practicara la religión. No se sentía la necesidad de una acción realmente evangelizadora. Las iglesias centraban entonces sus esfuerzos en los servicios y la atención a los practicantes. La preocupación principal de la pastoral era instruir esa fe que se suponía en todo individuo y conservarla viva mediante la práctica de los sacramentos. Poco a poco, las parroquias se polarizaron casi exclusivamente en la catequesis, en el culto y en las prácticas religiosas, perdiendo dinamismo misionero y olvidando cada vez más la tarea propiamente evangelizadora.  Por eso, la primera tarea, humilde pero urgente, es aprender a poner en marcha la evangelización que reclama esta sociedad, un día tradicionalmente cristiana y hoy indiferente en gran medida a Dios. Falta experiencia. Acostumbrados a presentar la fe a personas que la aceptaban sin dificultad, se precisa articular estrategias para dialogar con los increyentes y herramientas para anunciar a Jesucristo a los indiferentes, y especialmente a los jóvenes en contextos de increencia. Es el momento de jugar el partido en un terreno ajeno y desconocido, que paradójicamente resulta ser también el nuestro. Es la hora de salir del espacio de confort pastoral que reitera un camino trillado y conocido para atreverse a abandonar fórmulas caducas y planteamientos con fondo y forma a superar necesariamente.

Pastoral de Frontera

Salir al encuentro y navegar en mares desconocidos provoca una sensación de vértigo que puede generar temor a no ser comprendido, miedo al rechazo y a ser señalados. Llamados a compartir el proyecto de Jesús, no nos queda otra que asumir aquellas palabras del maestro “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio”. Cuando se desarrolla la pastoral juvenil en plataformas y movimientos cristianos, evidentemente se juega en casa, con la atmósfera adecuada y, de entrada, la necesaria receptividad. Aun así, en estos tiempos, la pastoral con jóvenes evangelizados requiere una tensión y una capacidad de contextualización grandes, para no perder la eficacia de los procesos de fe, con el objeto de que vayan configurando un proyecto de vida.

Cuando nos movemos en ambientes al margen de la fe, la cuestión se complica bastante y aumenta la necesidad de audacia, y se hace necesario poner en valor capacidades y competencias para desarrollar una labor en la que, de no mantener el equilibrio, se pueden echar por tierra todos los puentes que se intentan crear. Llevo décadas trabajando en ese sentido, desde mi condición de cantante cristiano, moviéndome en pubs, universidades, cárceles, y teatros de muchas ciudades y países, con más de mil conciertos a las espaldas. Y también desde mi condición de educador, desde hace veinte años, como jefe de estudios y director de un enorme instituto público en Cádiz. A lo largo de estos años he ido concretando un ideario de experiencias, intuiciones y estrategias que trato de resumir en un concepto: PASTORAL DE FRONTERA. Lo defino como el arte de evangelizar con pocas palabras y poniendo en valor el verbo de los hechos. Una apuesta por interpelar y provocar interrogantes, suscitando el diálogo y posibilitando el anuncio de la propia identidad evangélica. No hay recetas milagrosas, pero si hay actitudes que evitar y otras que poner en valor. Te invito que me acompañes en este camino lleno de pensares e intuiciones que se forjaron a raíz de experiencias concretas.

No juzgar ni condenar

El mayor de los errores para seguir espantando a quienes no han tenido la posibilidad de conocer la fe, o la tienen “sostenida con alfileres” es demonizar, desde el púlpito y la cátedra de la verdad, tanto a la cultura en general, como a las modas juveniles en particular. Las condenas, tan reiteradas antaño, dirigidas al que piensa o vive desde otra óptica, o sencillamente, por ejercer su libertad en cuestiones de opciones personales, producen un hartazgo social y un agotamiento pastoral que solo aumenta distancias y genera rencores. Se hace necesario superar el pesimismo antropológico que convierte lo humano en sospechoso de pecaminoso o inmoral, para dar paso a una concepción en positivo, que trate de rescatar todo lo bueno, lo bello y lo amable que hay en cada ser, desde el respeto más absoluto a la conciencia, a las opciones personales y a los itinerarios en libertad. De manera que la inmersión en ambientes de increencia, no puede abordarse desde el vicio del prejuicio, ni desde la consideración personal de sentirse “salvador” del otro, que ni siquiera siente la necesidad de ser salvado.

Si somos capaces de ser catalizadores de bondad y contagiar optimismo y fe en los otros, especialmente en los jóvenes, favoreceremos el ambiente y el contexto propicio para que surja la sintonía y pueda darse el preciado momento de conectar. Conexión y sintonía son como el espacio y el tiempo en Kant, las coordenadas necesarias para que pueda darse la significatividad. A medida que aumentan ambas, crece la figura del evangelizador en la vida de los jóvenes.

Conectar y sintonizar

Conectar es crear un espacio compartido de transmisión de amistad, cercanía y aprecio, en rutas y caminos de ida y vuelta. Cuando Don Bosco les decía a sus salesianos: “No basta amar, es preciso que ellos se sientan amados” pone todo el acento en la necesidad de priorizar el mundo de los afectos, de manera que la pastoral no sea algo así como una empresa que ejercen pastoralistas “profesionalizados”, donde el producto final se elabora con material humano (jóvenes) para obtener unos resultados diseñados en un programa genérico e impersonal. Hay que huir del nefasto error de utilizar a los destinatarios para fines institucionales, por muy loables que éstos sean. Es preciso poner en valor que la acción pastoral es la consolidación de una relación en toda regla, una relación personal, única, significativa, en la que se establece un vínculo que pone el afecto en el centro y la pedagogía del amor como referente. Hacer pastoral es cultivar y cuidar relaciones humanas, que parten de la persona como raíz y tienen a la persona como finalidad y centro.  

Eso sí, sintonizar con los jóvenes no significa asumir sin más todo su universo, sin espíritu crítico. Pero la prioridad no es la confrontación, ni es la mejor estrategia a seguir. Es más inteligente establecer un canal donde podamos encontrarnos, y asumir la capacidad que tienen de enriquecernos y de ser protagonistas de algo nuevo que podemos construir juntos.

De la escucha activa al diálogo sincero

El sentimiento de soledad ha doblado su incidencia en los últimos meses a consecuencia de la pandemia, y se ha agudizado esta dilatada enfermedad, más silenciosa, que nos acompaña desde hace años y que no deja de crecer: la soledad. En la era de las redes sociales, de la conectividad, son cada vez más los jóvenes que se sienten solos. Cientos de amigos en el WhatsApp o muchos likes, pero poca sustancia en las relaciones. Puede que éstas se estén deteriorando y sean tan efímeras como un selfie. Estamos en un proceso de individualización galopante, cada vez más solos y con relaciones menos comprometidas. Los jóvenes necesitan ser escuchados. La acción pastoral no puede ser una propuesta que se implementa con fórmulas inamovibles y preconcebidas, brillantes itinerarios de libro, si no hay antes y en todo el proceso, una oportunidad de escucha serena y real de los destinatarios. Una escucha que provoque descubrimientos y hallazgos que renueven, actualicen y modifiquen nuestra acción pastoral, a favor de una mejor contextualización y de una mayor atención a la diversidad.

La mayor cualidad para un evangelizador en contextos de increencia es cultivar la capacidad de empatía, consolidándose como un referente de la escucha activa y dinámica de los destinatarios. Cuando los adolescentes y jóvenes se sienten escuchados con calidad, abren el corazón, verbalizan su yo más profundo, los temores, las ilusiones, las dificultades…crece entonces la confianza, y desde ahí, se abre la puerta a la oportunidad educativa y también la ocasión evangelizadora. Desde ahí brota el diálogo, honesto, sincero y vital, que nos capacita para caminar juntos y compartir la vida. Los monólogos y los discursos se quedan en la superficie, no calan, y como una capa de barniz fresca que se desdibuja y desaparece con la primera lluvia, no provocan más recorrido que el olvido. 

Acompañar desde lo profundo

En el vertiginoso ritmo de la vida, tan asfixiante y muchas veces despersonalizado, se hace urgente el acompañamiento y la acogida. En ambientes al margen de la fe, cuando no se desarrolla la labor pastoral desde una plataforma estructurada, con un grupo de destinatarios inmersos en un itinerario de fe, la tarea evangelizadora se juega el todo por el todo, en el delicado terreno de las distancias cortas. Se hace prioritario cultivar la relación individual, desarrollando una gran competencia personal de acogida y de acompañamiento. El anhelo de cercanía y de encuentro es, hoy por hoy, un valor emergente que se presenta con una gran posibilidad creativa. Puede decirse que el programa de acompañamiento ha sustituido, en muchas organizaciones humanas, como las empresas, al viejo paradigma de la dirección de personas.

Los jóvenes no buscan ser dirigidos desde fuera, sino acompañados desde lo más profundo de su ser y de su propia experiencia humana. En mi trabajo diario al frente de un centro con más de mil personas pululando por nuestra aldea escolar, he descubierto que desde el acompañamiento a adolescentes, jóvenes y familias existen muchas posibilidades de servicio a la persona y a los retos de su vida. No hay una alternativa única, no funcionan las rutas prefabricadas. Se trata de hacer camino al andar, y de andar juntos.

De las doctrinas al testimonio.

La acción pastoral que se desarrolla en ambientes ajenos a la fe no precisa de tantas palabras, manidas y gastadas palabras, al menos en su fase inicial. Las palabras dichas a destiempo y en contextos inoportunos malogran la oportunidad evangelizadora. Los jóvenes (y no tan jóvenes) se cansan de las grandes palabras (por eso las acortan en los mensajes de WhatsApp), se sienten perdidos en la maraña de lenguajes que no entienden, en liturgias rimbombantes, y en los discursos doctrinales que tienen poco que ver con su vida.

El lenguaje de los hechos, de los gestos, y de la vida cotidiana se constituye como el único discurso capaz de generar imitación. Se aprende lo que se vive, se interioriza lo que se experimenta. Es el testimonio personal del evangelizador, forjado a diario, la mejor herramienta, silenciosa, pero constante como la corriente del río, capaz de orientar la mirada y el corazón a otros océanos y otros mares por descubrir.

Recuerdo, cuando en el año 2001 me nombraron Jefe de Estudios del IES Bahía de Cádiz, uno de los más grandes de la provincia. Solo llevaba un año como docente en ese centro. Acababa de obtener mi plaza de funcionario en propiedad. El panorama era preocupante. Más de 1.500 alumnos, grandes problemas de convivencia, mucho consumo y tráfico de hachís, episodios de violencia e incluso delincuencia. También muchos adolescentes y jóvenes en otra clave, sobreviviendo a la quema. Era preciso cambiar el panorama y trabajar duro. Me sentí llamado a ello, como salesiano cooperador. Y a ello nos pusimos. Fueron años intensos, de mucho trabajo: campañas de educación en valores, escuelas de padres, grupos de formación humana, propuestas educativas alternativas, y para culmen y con el objeto de canalizar la energía y crear una válvula de escape a la tensión acumulada, desarrollé durante siete años una experiencia inédita en un centro público: Dos viernes al mes desarrollábamos una gran movida alternativa nocturna, desde las 22.00h hasta la 01.00h. El centro se convertía en una gran aldea juvenil, llena de adolescentes del propio centro y del barrio. Más de 500 chavales en una oferta educativa con discoteca, torneos, talleres, espectáculos. En esa aventura se sumaron profesores, más de veinte muchas veces, funcionarios que más allá de su horario laboral y de cualquier remuneración, dos viernes al mes, participaban de esta historia creativa y transformadora. Un grupo de alumnos de bachillerato formaba la comisión que organizaba la movida conmigo. Muchos de estos alumnos, al abandonar el centro y marchar a la universidad, seguían colaborando, con un vínculo que se mantuvo durante años. La experiencia fue objeto de estudio por un grupo de investigadores de la universidad de Málaga cuyo trabajo puedes leer aquí:  http://www.blog.nicomontero.com/wp-content/files/Experiencia_Innovadora.pdf  y de Canal Sur T.V. que se hizo eco grabando un programa especial sobre nuestra propuesta educativa que puedes ver en este enlace: https://youtu.be/LhJep-S4qYw

Del testimonio a crear interrogantes

Durante todos esos años de trabajo educativo y relato testimonial, desarrollado con el poder de los hechos, desde el compromiso concreto por fomentar la convivencia en mi centro y avivando los valores del humanismo cristiano, tuve la oportunidad de compartir el por qué lo hacía y desde dónde lo hacía. Las acciones generaron interrogantes. Y las preguntas me llegaron personalmente. Me las hicieron alumnos, profesores, padres y madres. Y se produjo la oportunidad, el tiempo preciso, y el contexto para la respuesta. Es precisamente en ese preciado momento, cuando la vida del evangelizador se convierte en interrogante, cuando es posible el anuncio explícito, necesario, para que nuestra labor no sea solo humanista, sino pastoral. Cuando nuestras actitudes y nuestros hechos calan en los otros, cuando nuestro testimonio adquiere peso y valor, se está en las condiciones óptimas para expresar y compartir con alegría y sencillez la fe que nos mueve. Y esta fe se hace creíble y se transmite con la fuerza de la bondad y la coherencia de quien ya es respetado por sus obras. “Por sus obras los conoceréis”.

Recuerdo aquel profesor de historia, increyente hasta la médula, ayudándome a montar las mesas de ping pong para la movida de esa noche. Me dijo: “Nico yo no creo, ya lo sabes, pero creo en lo que haces, en lo que hacemos. Ojalá tuviera tu fe…” Le respondí, “Nadie te lo impide… nunca es tarde amigo…que sepas que EL tiene mucha fe en ti”. Ahí lo dejé, como dicen los adolescentes, lo dejé “pillado”. Hoy ha abierto una discreta puerta a la fe. El señor va haciendo el resto. 

Me ha pasado algo parecido en el ámbito de los conciertos, aquí y allá. Después de más de mil conciertos, vividos desde la gratuidad, sin cobrar jamás una vieja peseta ni un euro y con 16 discos a las espaldas, dedicados a fines solidarios y no comerciales, la Conferencia Episcopal tuvo a bien concederme el Premio Bravo de la Música, la más alta distinción de la iglesia a un músico, sucediendo a la anterior galardonada, Montserrat Caballé. Recuerdo que un periodista de El Mundo se desplazó a Cádiz para entrevistarme. Me preguntó que, tras el premio, a dónde quería llegar… Le dije: “Ya he llegado. Canto al más grande, y a los más pequeños, con libertad que me da el Evangelio y además con la fortuna de conocer a mucha gente buena gente de aquí y de allá. Amo lo que hago, es mi ministerio y me siento llamado a ello. No quiero más que seguir prestando este servicio hasta que Dios quiera”. Se quedó totalmente descolocado e interpelado al mismo tiempo, y días después, pude leer la entrevista, en la que concluía su artículo con una frase lapidaria: “Rara avis este Nico Montero”. Puedes leer la entrevista en este enlace: https://www.elmundo.es/andalucia/2015/01/10/54b02a2122601dcd468b456f.html

En mis treinta años de conciertos, la forma y el fondo de hacerlo, desde una perspectiva solidaria y vivido como vocación y ministerio, ha sido una oportunidad privilegiada para poder crear interrogantes. Haberme desligado de las típicas ataduras comerciales, de los intereses económicos propios y lícitos, y de los estereotipos de los mercados, así como haber incorporado muchas temáticas de corte humanista, me ha permitido ser anuncio de algo nuevo a miles de amigos que nos siguen en muchas plataformas digitales de todas las latitudes, muchos de ellos personas que viven al margen de la fe. No han sido pocas las veces qué la extrañeza inicial de algunos ante mi testimonio a través la música, ha dado paso a la inquietud personal y a la curiosidad. Descolocar al otro, provocar y romper dinámicas establecidas es muy necesario para testimoniar que hay otra manera de vivir.

¿Viejas recetas en nuevas tecnologías?

Permitidme un último apunte sobre la oportunidad y la necesidad imperiosa de estar allí donde se cuece la cultura actual, y donde están los adolescentes y los jóvenes: El universo de Internet. Pero, ¡ojo!, sin hacer el ridículo. No nos aventuremos a hacer canales de “tik tok” o intentemos ser “youtubers” de la noche a la mañana, como si para ello no hiciera falta formación, ni capacidades personales y por supuesto, tener muy claro el proyecto, y contar con los medios de calidad que se requieren para hacer una oferta que enganche y sea fructífera. Cuando buscas contenidos católicos en las redes, abundan las predicaciones, las misas virtuales, novenas, triduos, las emisoras de radios católicas, las plataformas de oración y muchos vídeos de música católica (incluidos los míos). Todo con la mejor intención y pretendiendo hacer todo el bien posible, sin duda. Sin embargo, son realidades digitales muy pensadas y consumidas por “los de dentro”, que incluso, en algunos casos, no conectan con el público católico por la falta de novedad y la baja calidad de los contenidos. Hay que cuidar la forma y el fondo, porque usar nuevas tecnologías con viejas propuestas nos sitúa en el catálogo de los contenidos despreciados.

Hay un gran camino por recorrer, para poder interpelar allí donde la fe ni está, ni se le espera. Ese camino nos lleva a favorecer espacios digitales de calidad que pongan sus ojos en circunstancias humanas en las que la presencia evangelizadora brilla por su ausencia o las manifestaciones son muy contadas. Hay terrenos donde debemos y podemos estar, favoreciendo redes de solidaridad y una presencia comprometida, que nos permita conectar con tantas realidades humanas que no nos son ajenas. Siguiendo los pasos de Jesús, y poniendo a la persona en el centro por encima de cualquier otra consideración, hay margen de mejora en muchas piezas del mosaico contemporáneo que está configurado por temas preocupantes y de mucha actualidad.  Algunos ejemplos de mares en los que navegar, mar adentro:

  • Creación de espacios para la promoción de la mujer, actuando activamente contra la violencia y el machismo, y articulando un plan de igualdad como marco de actuación.
  • Desarrollar una presencia más clara y contundente ante el drama de la inmigración, a favor de la dignidad de los migrantes, y en pro de la erradicación de la xenofobia y el racismo.
  • Favorecer canales de concienciación sobre el cambio climático, promoviendo acciones concretas para plantar cara a los retos del deterioro de nuestro planeta.
  • Liderar actuaciones contra la homofobia, estableciendo iniciativas para una educación en el respeto a cada ser humano.  
  • Crear espacios de ocio y entretenimiento, alternativos, atractivos e inteligentes.
  • Alimentar plataformas que fomenten una actitud crítica frente a las convicciones y creencias dominantes.
  • Activar herramientas de educación en valores humanos básicos.  

Desde una presencia encarnada e inclusiva, urge explorar nexos con las periferias y con toda clase de personas, para caminar juntos y tener la posibilidad de la interpelación, la oportunidad de generar interrogantes y puede que el momento de dar testimonio de nuestra identidad evangélica. Pero todo a su debido momento, respetando los tiempos. 

Respetar los tiempos.

Cuando se hace pastoral con jóvenes de todos los pelajes y realidades posibles, la precipitación es el principio del fin. La pasión evangelizadora no puede cegarnos ni convertirse en contraproducente, provocando el efecto contrario a lo buscado. Por ello, el diálogo no podrá versar desde los inicios sobre Dios o la religión, sino que habrá que remontarse a algunos valores humanos básicos y empezar a caminar desde escalones anteriores para llegar a suscitar la pregunta del sentido que brota en todo hombre y mujer de forma recurrente. La paciencia del sembrador se hace necesaria para acompañar a los jóvenes y ser para ellos anuncio de algo nuevo, caminando juntos en lo cotidiano.

Salir al encuentro

No hay recetas ni pócimas mágicas. En nuestras manos la tarea de crear espacios y oportunidades con quienes viven al margen de la fe. Hay que resituar nuestra misión y salir al encuentro allí donde se cuece la vida, no para hacer con ella un escrutinio, sino para compartirla, para regalar la experiencia de la fe, su sentido festivo y comunitario, y en ese camino, dejar que Dios haga su parte.

Si la fe y la vida se han fragmentado, quizá sea porque los que teníamos encomendada la tarea de avivar y transmitir la fe, nos hemos alejado tanto de la vida y de los hombres, que no hay rastro de nosotros en las calles, las plazas, los barrios y los afanes cotidianos. Salgamos de las trincheras, de las sacristías y de las iglesias endémicas. Salgamos al encuentro. Tengamos la valentía de resituar la misión de la iglesia revisando nuestra forma de anunciar la fe para reflejar con fidelidad el rostro de Cristo.

BIBLIOGRAFIA

F. CONESA – J. M. CEJAS, El nuevo ateísmo. Hoja de ruta, Rialp, Madrid 2012.

R. CORAZÓN GONZALEZ, Agnosticismo. Raíces, actitudes y consecuencias, Pamplona 1997.

A. JIMÉNEZ ORTIZ, Por los caminos de la increencia. La fe en diálogo, Madrid 1993. 

J. MARTÍN VELASCO, Increencia y evangelización. Del diálogo al testimonio, Santander 1982. 

También lo puedes descargar en este enlace con el maquetado de la Revista: http://blog.nicomontero.com/?dl_id=197

Don Juan Aragón, Nico Montero

Don Juan Aragón, Nico Montero

D. JUAN ARAGÓN, publicado el LA VOZ DE CÁDIZ

Nico Montero.

Hoy cumple 89 años un ser excepcional, maestro en el arte de vivir y, también, en la farragosa tarea de aprender a hacerlo nuevamente, cuando las circunstancias así lo imponen. Lo ha tenido que hacer una y otra vez, cuando la muerte ha visitado con dureza e insistencia lo que con tanto amor había construido, su familia. Les hablo de un hombre que es paradigma de dignidad y de entereza, cuando el dolor todo lo invade, y en la garganta, se hace un nudo que apenas te deja respirar.

Me refiero a un hombre de aparente fragilidad, que camina despacio, y que parece pequeño, siendo un ser humano de una grandeza extraordinaria, que como el paciente Job, tuvo que ver morir a toda su familia a lo largo de los años, y mantenerse en pie para cuidarlos y acompañarlos en el final de sus trayectos. Les hablo de Don Juan Aragón, del que un tal Juan Carlos Aragón, tuvo la suerte de ser hijo, y que fue también padre de Pedro, y esposo de una bellísima mujer, Estrella.

Juan es la prueba de que es posible aprender a vivir traduciendo el dolor en agradecimiento y en un amor cálido, que despliega a raudales con todos los que tenemos la suerte de ser parte de su historia vital, especialmente en sus queridos nietos, y en particular, en el pequeño Silvio, que pone al abuelo en forma haciéndolo correr de un lado a otro, con la inagotable energía de los dos años de vida.

Juan Carlos Aragón se sentía muy orgulloso de su padre, el primero en escuchar sus letras, coplas que su hijo le cantaba en la cocina de casa. Recuerdo que hace unos años, Don Juan se matriculó en el aula universitaria de mayores de la UCA. Completó años de formación, con tesón y esfuerzo. Su graduación fue uno de los momentos más felices de su hijo. Cuando conoces al padre, entiendes muchas genialidades del hijo. Don Juan es signo de humor inteligente en estado puro, sabia ironía, desparpajo y gran oratoria, sensatez al hablar y generosidad al escuchar.

No encaja en el perfil de ancianito casi nonagenario. Activo lector, con una agenda que parece la de un ministro, escribe asiduamente sus reflexiones y sus memorias vitales en su espacio de Facebook, y de vez en cuando, nos regala algún twitter. Hace unos meses, creó un reducido grupo de Whatsapp bajo el nombre “Un amigo es un amigo”. Allí estamos sus más cercanos, parte de los Yesterday, y gente muy significativa para él y para su hijo Juan Carlos. Combinando humor y afectos, este grupo es una red que nos recuerda que nadie debe sentirse solo y que por encima del individualismo, tenemos que favorecer espacios de ternura y solidaridad.

Desde hace ya mucho, D. Juan y un servidor, compartimos, lo que llamamos: cafés terapeúticos. Tengo la fortuna de sus visitas, como dice él: para “rescatarme”, y mientras el café se va enfriando, nos ponemos al día de lo que pasa en nuestras vidas. Siempre es más lo que me regala con sus lecciones de vida, que lo que yo puedo aportarle. Juan no sólo me rescata del despacho y de los problemas cotidianos al dirigir un instituto, sobre todo, me salva de la estupidez y de la falta de perspectiva. Con su pedagogía vital, madurada en muchas batallas, sabe poner en valor lo importante y no dar recorrido a lo efímero. Juan me resitúa ante la vida con la urgencia de abrazarla con pasión e intensidad.

Cuando grabamos “Palabra de Capitán”, del excepcional Nacho S. Rodríguez, teníamos que filmar uno de nuestros cafés ante las cámaras. Fue un momento muy especial, lleno de emoción, levantando acta del testimonio del hombre bueno que estuvo detrás del genio, sosteniéndolo en sus peores horas y dichoso de todos sus logros. Los homenajes se hacen en vida, y en vida se dicen los “te quiero”. Luego te lo diré en persona, pero ahora, desde aquí. Feliz 89 cumpleaños, padre.

GRADUADOS EN TIEMPOS DE PANDEMIA

GRADUADOS EN TIEMPOS DE PANDEMIA

El curso pasado muchas hornadas de niños y adolescentes finalizaron sus etapas educativas por la puerta de atrás. No tuvieron la oportunidad de celebrarlo con las ceremonias, siempre emotivas y necesarias, de las graduaciones. Durante este mes de junio, los actos de graduación han vuelto a los centros. Con todos los protocolos, se ha recuperado una tradición muy significativa para las comunidades educativas, un momento cargado de simbolismo y emociones en el que se celebra y se pone en valor el esfuerzo del alumnado, la corresponsabilidad de las familias y la impagable labor de los docentes. En definitiva, se levanta acta de la vida compartida durante muchos cursos académicos, una historia conjunta tejida por los éxitos y también por los sinsabores que marcaron el camino de todos y de cada uno.

Hoy más que nunca son justas y necesarias las graduaciones que se desarrollan por toda nuestra geografía, desde el último pueblo manchego a la capital más cosmopolita, desde el humilde colegio de barrio a la escuela más elitista. En tiempos de una gran desafección de la los jóvenes por las cuestiones sociales o políticas, preocupados más en estar al día de lo último en tik tok y dedicados en cuerpo y alma al consumo de las nuevas tecnologías, quién nos iba a decir que esta pandemia colocaría a los adolescentes y jóvenes en su hora más transcendente. Con esta pandemia llegó la hora de poner en valor una actitud vital, tantas veces apelada, tantas veces reclamada y siempre por estrenar: La responsabilidad.

Después de seis meses alejados de la escuela, al fin volvían para reivindicar un espacio que es mucho más que un lugar, es una casa, su casa. Con mucha imaginación y creatividad, los equipos directivos diseñaron planes y protocolos, creando espacios seguros e inspirando la confianza de las familias. En esta encrucijada, el profesorado y el personal de administración y servicios, tuvo que tragarse el miedo y sobreponerse  al lógico respeto que da encerrarse en discretas y pequeñas aulas con 25 o más alumnos durante jornadas de 5 o 6 horas diarias. Era el momento de volver a asumir la enorme tarea y responsabilidad social de los maestros y maestras de escuela, los profesores y profesoras de aquí y de allá, echándose a las espaldas la custodia mañanera de tantos niños y niñas, adolescentes y jóvenes, en tiempos de pandemia.

Ha sido sorprendente lo bien que lo ha llevado el alumnado de todas las edades y niveles. Son los que más esfuerzo han tenido que hacer, porque en pleno crecimiento, cuando más explosivo se es, han tenido que canalizar toda su energía, primero en un confinamiento, después en las rutinas cotidianas de los centros educativos. Desde el minuto uno, fueron disciplinados y obedientes. Aceptaron soportar la larga jornada escolar con sus mascarillas, respetando los protocolos, las distancias, asumiendo recreos sin juegos, sectorizados y separados. Y en el frío invierno, cuando las ventanas abiertas se convertían en un insufrible castigo, lo sobrellevaron con deportividad. 

Si el profesorado y el alumnado han superado este reto con excelencia, las familias no se quedado atrás. Han tenido que superar los miedos iniciales, humanos e involuntarios, y confiar en los centros y en los docentes. Sin duda, los centros educativos han sido el gran motor que ha generado mayor disciplina social. Los hábitos inculcados en la escuela han transcendido a ésta y han consolidado rutinas y valores que han sido asumidos por la mayoría de los alumnos en su vida diaria. Y a su vez, se han proyectado a las familias, a los barrios, a las ciudades, como una red de transmisión de valores que asienta su caudal en todos y en todo lo que hacemos. Graduado, te ganaste la mejor de las becas, y el mayor diploma, nuestro eterno agradecimiento.

Nico Montero

EL GRAN CARAJAL

EL GRAN CARAJAL

Publicado en LA VOZ DE CÁDIZ, 28-05-2021

Nico Montero

No es para tomarlo a la ligera. Cuando ocho mil seres humanos, entre ellos mil quinientos menores, se la juegan trepando vallas, o se lanzan al mar, en muchos casos sin saber nadar, para cruzar la frontera con torpes brazadas, bordeando un peligroso espigón, es síntoma de que el país vecino, Marruecos, no es la idílica y mítica Casablanca que inmortalizara Humphrey Bogart, y que se vende a los turistas, sino un estado sin alma del que salir huyendo cuánto antes.

Hay que tener pocos escrúpulos para tratar así a los tuyos. No vimos a los habituales subsaharianos que cruzan en pateras los desiertos de la mar y la sal. Eran marroquíes, niños, mujeres, jóvenes… escapando a la desesperada, en busca de pan, trabajo y libertad.

La Playa del Tarajal ha sido el escenario de la vergüenza, convirtiéndose en el enclave de un espectáculo bochornoso, propio de la más grande necedad humana: La estupidez. Dicho en gaditano: lo ocurrido en Ceuta ha sido un gran carajal. Y aunque carajal significa según la RAE: “embrollo”, aquí le damos una nueva acepción: la concurrencia de carajotes. En esta ocasión, hemos contado con expertos carajotes aportando su indecencia y su poca materia gris para alimentar un viejo prejuicio: junto con marruecos, somos el culo de Europa.

El detonante: La chapuza de nuestra diplomacia. España es un país soberano con un Gobierno elegido democráticamente. Puede tomar las decisiones que considere en materia de política exterior, estemos de acuerdo o no, y no necesita hacerlo a escondidas. La decisión de que el líder del Polisario entrara en España bajo una identidad falsa es de las que hacen incurrir en el ridículo más espantoso a toda la administración española.

Mal, muy mal Mohamed VI, y su policía. Las personas no pueden ser nunca moneda de cambio en una disputa política. Si, además, es tu pueblo el que manipulas movido por tus fines, por tu indigesta cólera y tu pueril ataque de orgullo, propio de un rey caprichoso, multimillonario y trasnochado, el comportamiento doloso se vuelve fratricida y canalla. El Ser humano es siempre lo primero, por encima de cualquier consideración, de toda circunstancia y en toda coyuntura.

Mal, muy mal Vox, y sus voceros. Rentabilizar el drama humano y la desesperación para sacar rentabilidad política es rastrero. Crear una alarma invasora, y criminalizar nuevamente a los migrantes, es otra muestra del pelaje moral y del discurso al que nos tienen acostumbrados, pero ante el que no podemos claudicar ni callar.

Bien, muy bien el ejército español, fuerzas de seguridad, cruz roja, protección civil, los voluntarios y cuantos auxiliaron y dieron lo mejor de sí mismos para que la dignidad de las personas estuviera garantizada, y de manera especial, que los menores estuvieran atendidos y a salvo.

Bien, muy bien la ciudadanía de Ceuta, acostumbrada a convivir en un mosaico multicultural de diversidad religiosa, consolidado con armonía. Hoy, el telediario abría con las imágenes de una familia ceutí cocinando un guiso, en un gran perol, para dar de comer a unos jóvenes que andaban pululando entre las rocas de la playa. Esa es la Ceuta real, la que acoge, la ciudad inclusiva y solidaria. Ceuta, mestiza y variada, símbolo de integración y convivencia.

Lo decía Vargas Llosa al recibir el Premio Convivencia: “En Ceuta conviven cristianos, musulmanes, judíos… conviven en la colaboración, en la amistad, en la solidaridad, y no hay violencia. Lo que hay es un ejemplo que España, Europa, el mundo entero debería seguir. Aquí está la prueba de que esa convivencia en la diversidad es posible, de que esa convivencia no trae violencia, fracaso, frustración sino, por el contrario, es una credencial magnífica y es también una forma de convivir que garantiza el desarrollo y el progreso, una manifestación flagrante de esa cosa hermosa y bella que es la civilización”.

No existe alternativa a la convivencia.

El ministerio de la Soledad, Nico Montero

El ministerio de la Soledad, Nico Montero

El Ministerio de la Soledad

Publicado en LA VOZ DE CADIZ, 30/04/2021

Nico Montero

La soledad en Japón es más letal que el covid-19. En la séptima potencia mundial se ha registrado un importante incremento en el número de suicidios provocado por la pandemia y el confinamiento. Por ello, y como medida para frenarlo, se ha decidido crear un ministerio para tratar estos asuntos: El ministerio de la soledad. Se calcula que cerca de 20.000 personas se suicidaron durante el último año y hay una tendencia al alza del suicidio femenino. La pandemia ha convertido a las mujeres en un colectivo más vulnerable, ya que trabajan mayoritariamente en sectores como el turismo, el comercio y los servicios, todos ellos muy afectados por las restricciones. La pérdida de empleo, la reducción de salarios y el aumento de la violencia doméstica, al pasar más tiempo aisladas con su maltratador, han pasado factura. Y a este panorama desolador se suma que casi 500 menores se quitaron la vida.

La mayoría de jóvenes con ideas suicidas dicen sentirse solos. El sentimiento de soledad ha doblado su incidencia en los últimos meses a consecuencia de la pandemia, y se ha agudizado esta dilatada enfermedad, más silenciosa, que nos acompaña desde hace años y que no deja de crecer: la soledad. En la era de las redes sociales, de la conectividad, son cada vez más los que se sienten solos. Cientos de amigos en el WhatsApp o muchos likes, pero poca sustancia en las relaciones. Puede que éstas se estén deteriorando y sean tan efímeras como un selfie. Estamos en un proceso de individualización galopante, cada vez más solos y con relaciones menos comprometidas.

En este contexto, los mayores son la parcela más frágil y abandonada. En nuestro país, hay 4,7 millones de hogares unipersonales, dos millones de personas mayores de 65 años viven solas y casi un millón y medio son mujeres. Duele cuando el noticiario relata que los bomberos han tenido que acceder a una vivienda para encontrar el cadáver de un anciano, fallecido en la más absoluta soledad semanas antes. ¿Dónde estaba la familia, dónde los vecinos? En mi calle tenemos una abuela, la abuela del barrio. Vive en el bajo, junto a mi portal. Siempre sola, siempre en la ventana reclamando la atención de los que pasan. Dice tener un hijo, al que no he visto en 12 años, que ni está ni se le espera. Ha surgido una red solidaria en el barrio. Cada cual se deja caer por su ventana, siempre hay una excusa para charlar un poco, tirarle la basura o hacerle algún recado. La abuela tiene al menos su ventana de salvación, junto a la concurrida acera. Pero hay tantos ancianos cautivos de una soledad extrema, sin ventanas por las que colarse el afecto y la cercanía, que da mucha tristeza pensarlo.

Ante el reto de la soledad, hacen falta familias más solidarias y agradecidas con los mayores. Un compromiso que se traduzca en tiempo real y dedicación. También se precisa de una buena vecindad, para que los barrios sean redes humanitarias, superando la indolencia que nos hace extraños y ajenos. ¿Cuántas pandemias vamos a necesitar para aprender a ser mejores seres humanos y a entender cuánto nos necesitamos? Es fundamental seguir trabajando educativamente con los adolescentes y jóvenes en la importancia de la construcción de una sociedad más inclusiva, poniendo en valor a los mayores como referentes y evitando que sean percibidos como cargas. Los valores humanistas, la empatía, la compasión y la solidaridad tienen mucho que ver con qué tipo de sociedad queremos construir. ¿De qué nos sirve ir a Marte si somos incapaces de hacer de la tierra un lugar cálido y fraterno donde nadie se sienta solo? Una sociedad ingrata que da la espalda a sus mayores es, sencillamente, despreciable.