Mi ovación para los centros educativos. Balance de un trimestre inaudito.

Mi ovación para los centros educativos. Balance de un trimestre inaudito.

Mi ovación para los centros educativos. Balance de un trimestre escolar inaudito

Publicado en LA VOZ DE CÁDIZ, 11-12-2020 Nico Montero

Si este tiempo es incierto, más lo era el pasado uno de septiembre, cuando los centros educativos abrieron sus puertas para acoger a miles de estudiantes que volvían a las aulas, y esta vez, rara vez, con una ilusión inaudita. Después de seis meses alejados de la escuela, de sus patios, testigos atemporales de mil aventuras y complicidades, del bullicio vital de los pasillos… al fin volvían para reivindicar un espacio que es mucho más que un lugar, es una casa, su casa, y para algunos, por cosas de la vida, la primera en la que se han sentido protagonistas de algo.

Con mucha dedicación, imaginación y creatividad, los equipos directivos diseñaron planes y protocolos para plantar cara al bicho y ponérselo muy difícil, creando espacios seguros e inspirando la confianza de las familias. En esta encrucijada, el profesorado y el personal de administración y servicios, tuvo que tragarse el miedo y sobreponerse al lógico respeto que da encerrarse en discretas y pequeñas aulas con 25 o más alumnos durante jornadas de 5 o 6 horas diarias. Era el momento de asumir la enorme tarea y responsabilidad social (siempre tan fácilmente criticada y denostada) de los maestros y maestras de escuela, los profesores y profesoras de aquí y de allá, echándose a las espaldas la custodia mañanera de tantos niños y niñas, adolescentes y jóvenes, en tiempos de pandemia.

Ha sido sorprendente lo bien que lo han llevado los chicos y chicas de todas las edades y niveles educativos. Son los que más esfuerzo han tenido que hacer, porque en pleno crecimiento, cuando más explosivo y vitalista se es, han tenido que canalizar toda su energía, primero en un confinamiento, después en las estrictas rutinas cotidianas de los centros educativos. Desde el minuto uno han sido disciplinados y obedientes, han aceptado soportar la larga jornada escolar con sus mascarillas, han respetado los protocolos, las distancias, asumiendo recreos sin juegos, sectorizados, separados… como si de un patio de prisiones se tratara. Y ahora que asoma el cambio de tiempo y las ventanas abiertas se convierten en un insufrible castigo, sobrellevan el frío con deportividad. El otro día vino a mi despacho (para quien no lo sepa soy Director de Instituto) un chico para hacerme una consulta, venía pertrechado con su bata de cuadros azules. Les hemos dejado traerse batas y mantas de casa, ya solo les faltan las babuchas. Ahora más que nunca van por el centro como si fuera su casa. ¿Acaso no lo es?

Si el profesorado y el alumnado han superado este reto con sobresaliente, las familias no se han quedado atrás. Han tenido que superar los miedos iniciales, humanos e involuntarios, y confiar en los centros y en los docentes. Han aceptado las directrices del servicio de epidemiología y de las direcciones educativas, y poco a poco, han aprendido a no dejarse llevar por bulos vertidos en los inoportunos grupos de Whatsapp, y a no dejarse arrastrar por un ataque de pánico cuando se daba un positivo en un aula, o cuando tocaba hacer cuarentenas preventivas y esperar resultados.

Creo firmemente que los centros educativos han sido el gran motor que ha generado mayor disciplina social. Los hábitos inculcados en la escuela han transcendido a ésta y han consolidado rutinas y valores que han sido asumidos por la mayoría de los alumnos en su vida diaria. Y a su vez, se han proyectado a las familias, a los barrios, a las ciudades, como una red de transmisión de valores que asienta su caudal en todos y en todo lo que hacemos. Nadie saldrá a los balcones a aplaudirles, pero vaya desde aquí mi ovación sentida y sincera a todos los centros educativos.

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