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Mes: abril 2021

El Señor es mi pastor cumple 20 años

El Señor es mi pastor cumple 20 años

En Cristo llega a plenitud lo que afirma el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. En el Evangelio de este Domingo Jesús nos dice: «Yo soy el Buen Pastor que da su vida por las ovejas; que conozco a las mías, y las mías me conocen». El Buen Pastor nos ama hasta el punto de dar la vida por nosotros. ¡TODO EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN Y LA PASCUA ES UN MISTERIO DE AMOR! Dios es amor, es el que ama y se entrega, y es el que hace posible el amor entre sus ovejas: la comunidad. Queremos sumarnos a esta celebración pascual, enraizada en Jesús Buen Pastor, con muchas versiones de un tema que ha cumplido ya 20 años y se ha convertido en un tema de todos, en una oportunidad para la fe y la esperanza, un salmo hecho canción que ha acompañado a mucha gente de aquí y de allá en su camino de fe, en momentos de felicidad y en momentos de dolor. El señor es mi Pastor, un tema con cientos de versiones y millones de reproducciones. Aquí un botón de muestra de mucha vida compartida. 

DISFRUTA ESTAS VERSIONES Y MOMENTOS MUY ESPECIALES.

Fue en el precioso Teatro Circo de Orihuela. 1.200 personas abarrotaron el patio de butacas para asistir al concierto con mi amigo, el costarricense Martin Valverde. Una iniciativa de la diócesis de Orihuela con fines solidarios bajo el lema «Contigo Si»:

En Majadahonda, Madrid, acompañado del Coro Gospel Santo Tomás Moro ante un auditorio entregado y emocionado. 15 de diciembre de 2017. Era mi cumpleaños.

Con mi querido Luis Enrique Ascoy cantándolo en el Teatro Flumen de Valencia en una de las escalas de nuestra gira.

Desde Sevilla, los amigos de Expresarte nos regalan ésta muy original versión, aliñada con sus voces prodigiosas:

Desde Portugal, Claudine Pinheiro nos propone su preciosa versión grabada en su disco Capaz de Ti.

Fragmento del programa: “Quédate con nosotros”. Grabado en el mes de marzo del año 2013 en Madrid, España, con mi querido viejo amigo Kiki Troia.

Una versión arreglada y grabada en Chile por Sergio y Magdalena

Memorable momento con Martin Valverde. Hasta una pareja de novios, recién casados, antes de ir al convite se pasaron por el concierto y les dedicamos “El Señor es mi pastor”.

Desde tierras gallegas este ensayo tan cálido y entrañable con un violín precioso.

Desde tierras valencianas la bella voz de mi querida  Karolins cristiana:

Desde Madrid, Cesar García-Rincón nos regala su versión al calor de su guitarra acústica:

En Valencia, con Marco López, Roberto Vega,
Mariola Alcocer… momentazo:

Armando lío en Málaga con mi incombustible banda de locos:  

Este audio es la versión original, tal y cómo lo grabamos en “Lo Nuevo ha comenzado” al desnudo de una guitarra, en el año 2000:

Siempre me impresionó lo que le gusta cantarla a los niños… Este testimonio desde el otro lado del charco… 

Nos dejamos la voz en el 2011 cantándolo en la JMJ, por muchas ciudades, para terminar en Cibeles. Aquí un pedacito en Cádiz:

Desde Albacete los amigos de Maranatha lo hacen suyo y nos lo regalan

Coros de aquí y de allá, parroquia a parroquia, conectados y unidos en este bello salmo:

Terminamos con este momento en Logroño, allí estaba mi familia, y además fue la última vez que disfruté en persona de mi amigo Alfredo Arambillet, que grabó este vídeo.

Jesús no quería morir

Jesús no quería morir

Jesús no quería morir

Publicado en La Voz Digital 02/04/2021

Nico Montero

La muerte de Jesús, tantas veces representada por inigualables artistas de la pintura y la escultura a lo largo de los siglos, puede hacernos caer en la sensación de una muerte poética, de manera que la belleza de las obras desdibuje y suavice la crudeza de la tortura vivida por Jesús. Era tan injuriosa la condena que estaba prohibida para los ciudadanos romanos. A la tortura se añadía la infamia. Era una muerte lenta y exasperante, una tortura cruel, era el peor suplicio que podían encontrar para matar. Se clavaban las manos y los pies en el madero y al colgar, el cuerpo se consumía en la asfixia. Al desangrarse, se padecía gran sed y fiebres, unido a unos dolores intensos al estar colgado el cuerpo de tres hierros. Era una muerte pública, de escarmiento por la gravedad de los delitos.

Agustín de Hipona sentenciaba que Jesús murió para liberarnos del pecado original, aquella desobediencia que habían cometido nuestros padres en el Jardín del Edén y que introdujo el pecado y la muerte en la humanidad, transmitiéndose a las generaciones posteriores de forma hereditaria. Siempre me pareció contradictorio que la humanidad estuviera en números rojos por un pecado ancestral y que Dios quisiera cobrar la deuda, como un recaudador de impuestos implacable. Y más llamativo, que la pena por el pecado del hombre se pagara a través de un sustituto (su propio hijo) como estaba estipulado en el sistema de sacrificios animales que nutren el Antiguo Testamento. Sin duda, una herencia del judaísmo donde el perdón de los pecados, la expiación, llega a través del rito de la sangre.

Dejando a un lado la trama agustiniana, a la luz de los Evangelios, Jesús ni era un masoquista, ni vivió interpretando un papel, como si siguiera un guion del que ya sabía toda la trama. Por un lado, Jesús amaba la vida profundamente y no deseaba morir, sino seguir compartiendo su tiempo y su proyecto con todos los que se acercaban a él con hambre de vida y en busca de sentido. Por otro lado, no era consciente de todas las implicaciones y sucesos que generaría su itinerario y sus acciones. De ahí, la autenticidad de su humanidad, la misma que le hizo llorar de angustia la noche del Jueves Santo, en el huerto de los olivos, cuando todo indicaba que llegaba el final y pedía a su Padre que apartara de él ese cáliz.

La muerte de Jesús fue la consecuencia natural de su vida comprometida hasta el extremo. Se enfrentó a los poderosos en favor de los humildes, recriminando públicamente la hipocresía de los sacerdotes del templo, de los escribas y fariseos. Se atrevió a llamar “Papá” (Abba) a Dios, rompiendo los moldes teológicos judíos y creando un gran desconcierto, interpretado como herejía. Se enfrentó a la religión y a sus normas vacías y deshumanizadas, poniendo a la persona en el centro, atendiendo a enfermos cuando estaba prohibido y anteponiendo el ser humano a la ley judía. Se rodeó de los pecadores oficiales y también de gente sencilla: recaudadores de impuestos, prostitutas, pescadores, mujeres… y con ellos cultivó la amistad y compartió su mensaje. Su voz alentaba una revolución de la fraternidad y de la justicia, a hilo de un canto innovador y programático: el Padrenuestro. En tan solo tres años, desde que entró en Jerusalén montado en un pollino, su vida pública le había colocado en el punto de mira como una amenaza al orden establecido. Jesús debía morir. El resto ya lo conocemos. Murió, torturado y crucificado, víctima de una vida coherente y entregada en favor del Reino de Dios y la Justicia. La experiencia de la resurrección permanece viva en quienes siguen creyendo y dando su vida por el proyecto inacabado de la buena noticia de Jesús de Nazaret