Presencialidad

Presencialidad

Presencialidad

Nico Montero

En estos días los colegios y los institutos vuelven a llenarse de vida. Atrás queda un verano marcado por las vacunaciones, que ha supuesto un respiro y un necesario descanso de la tensión acumulada en un curso excepcional, en el que todas las comunidades educativas hicieron frente al reto de la educación en tiempos de pandemia.  El curso pasado fue una prueba de fuego en todos los frentes posibles. Los docentes se hicieron, de la noche a la mañana, expertos en logística, desinfección, ventilación, protocolos sanitarios, cuarentenas, aislamientos, CO2, atención telemática y, como no podía ser menos, un impagable apoyo psicológico al alumnado y a las familias en tiempos de mucha dificultad e incertidumbre.

Con mucha dedicación, imaginación y creatividad, los equipos directivos diseñaron planes y protocolos para plantar cara al bicho y ponérselo muy difícil, creando espacios seguros e inspirando la confianza de las familias. En esta encrucijada, el profesorado y el personal de administración y servicios, tuvo que tragarse el miedo y sobreponerse al lógico respeto que da encerrarse en discretas y pequeñas aulas con 25 o más alumnos durante jornadas de 5 o 6 horas diarias. Era el momento de asumir la enorme tarea y responsabilidad social (siempre tan fácilmente criticada y denostada) de los maestros y maestras de escuela, los profesores y profesoras de aquí y de allá, echándose a las espaldas la custodia mañanera de tantos niños y niñas, adolescentes y jóvenes, en tiempos de pandemia.

Por fin las condiciones epidemiológicas permiten la vuelta a la presencialidad total, y esto es es una gran noticia. La esencia de la escuela se cuece en los procesos educativos que se desarrollan en la cotidianidad, en el día a día de los centros educativos. Ha sido muy importante el aprendizaje, aunque forzado e in extremis, de profesorado, alumnado y familias en el manejo de los recursos digitales que garantizaron la atención telemática. Muchas de las herramientas han venido para quedarse enriqueciendo los procesos educativos ordinarios. El salto en transformación digital de los centros educativos es una realidad que nos ha hecho avanzar una década con respecto a lo esperado sin la indeseable concurrencia de una pandemia.

Abrazados al mundo tecnológico, y con la conciencia clara de que la transformación digital educativa es un valor en alza que facilita y mejora los procesos educativos, la gran apuesta de la escuela siempre será la presencialidad, esa bendita suerte de pertenecer a un colectivo y permanecer juntos en una historia entrelaza y tejida con experiencias compartidas. La escuela tiene esa contundente vocación de socializar desde una perspectiva crítica y de crear ciudadanos libres, honrados, responsables, justos y solidarios. Es un proceso que se vertebra de un cúmulo de experiencias compartidas que no pueden desarrollarse tras una pantalla o de forma virtual, en la soledad de una habitación. La Escuela es una experiencia que, como todas, necesita ser vivida a lo largo de años para lograr hacernos madurar. Es una vivencia tan humana y tan auténtica, que lo bueno de ella y también lo que no lo es tanto, nos ayuda por igual a forjar quienes queremos llegar a ser.

La Escuela es un patio, y también aulas, amigos, risas, nervios, peleas, amistad y también desencuentros, besos, éxitos y fracasos, ilusiones, olor a libro nuevo, alboroto, excursiones, el maravilloso timbre de los viernes al salir de clase, …todo un compendio de vivencias imposibles en la tele-escuela.  Hasta las experiencias negativas que pueden darse en los años de escolarización son una oportunidad para crecer si sabemos aprender de ellas y traducir lo vivido en sabiduría. La escuela solo es escuela si lo es para la vida, y la vida es siempre una aventura sin guion que se proyecta en los inolvidables años de la escuela.  Feliz vuelta al Cole, maravillosa presencialidad.

GIRA 30 AÑOS – NICO MONTERO

GIRA 30 AÑOS – NICO MONTERO

Hace 30 años comenzaba esta maravillosa aventura de hacer de la música un vehículo para poder transmitir la fe y mi esperanza a gente de tantas latitudes. Hace 30 años, con tan solo 19 años, publicaba mi primer trabajo discográfico «al fuego de tu fe», con soberbios arreglos de José Martínez de Edén y el lujo de contar con las voces de algunos de mis queridos hermanos Morales, Brotes de Olivo. Desde aquella inolvidable cinta de cassette, se ha tejido una historia de música, fe y compromiso. A las espaldas, *más de 1000 conciertos y 25 trabajos discografícos*, miles de kilómetros y muchas experiencias que me hicieron crecer y madurar una vocación que fue ahogando la tentación de la vanidad para convertir esta empresa en un ministerio al servicio del Evangelio. A pesar de mis incoherencias y debilidades, la gracia se derramó a raudales y dio fuerzas para responder a esta llamada de proclamar el Reino de Dios y su justicia, a través de la música. Gracias a todos los que me acompañaron en estos 30 años, a los que están y a los que ya nos acompaña desde el cielo. Gracias a tantos músicos, en especial a mi querido Dani Millan, a los productores, comunidades, parroquias, movimientos…. Y especialmente, a mi familia, que sufrió mis ausencias y alentó, con la complicidad de la fe, tantos conciertos, viajes y proyectos. Con la misma ilusión y la misma fe de los inicios, salimos a los caminos, al encuentro, activos y con sencillez. Hasta que Dios quiera y como Dios quiera.. Nos vemos en los caminos. Besos grandes.

BENDITA RUTINA, Nico Montero

BENDITA RUTINA, Nico Montero

Suena el despertador cuando el sol aún no ha vencido a la noche. Tras semanas ajeno a esa rutina y liberado del déficit de sueño, el martilleo de la alarma del móvil se convierte en una jarra de agua fría que me saca violentamente del placentero letargo vacacional. Septiembre ha llegado, y con él, el eterno retorno de lo mismo. Salgo de la cama, aturdido, cansado, a la búsqueda de una dosis de cafeína que me haga recuperar el equilibrio. He vivido esto mismo otras veces. La noche antes de volver a la cotidianidad me cuesta conciliar el sueño, y cuando lo consigo, suena el despertador con la sensación de que hacía unos minutos acababa de cerrar los ojos, tras una larga batalla conmigo mismo para encontrar la paz.

Septiembre se abre paso como ese amigo realista y deslenguado que te dice las cosas a la cara. Te planta ante el escenario ordinario en el que se cuece la vida, independientemente de cómo haya sido tu verano y del estado emocional en el que estés. Te devuelve al ruido, las prisas, los afanes, los retos y sinsabores, con una aceleración vertiginosa. En esta encrucijada, o te dejas llevar por la corriente que te arrastra con la fuerza de la inercia, o ésta se convierte en tsunami que te voltea y te escupe sobre el barro de la mediocridad.

Tras mi primer café de septiembre, me pongo a masticar ideas que me asaltan. Quizá este pesimismo hacia lo ordinario es un cliché más, un estereotipo instalado en las urdimbres del cerebro, una artimaña de los que manejan el tiempo, un vicio cultural por el que hemos convertido lo cotidiano en suplicio y unos pocos días del año en el tiempo extraordinario de la felicidad. Puede que hayamos perdido la perspectiva, y eso provoque que la vuelta a lo cotidiano se haya convertido en un trance.

Quiero cambiar el relato pesimista de un desgraciado a primeros de septiembre. Me rebelo, y sin dejarme llevar por la pusilanimidad, he decidido plantarme en el mundo de otra manera. La felicidad no puede ser el resultado de una ecuación de acciones o de situaciones, o depender de cosas y decisiones que yo no controlo. Es cierto que no soy una isla, sino península, y vivo referenciado y en codependencia con los otros, pero hay un margen de libertad que gestionar. Quizá no controle todas las variables de mi vida, pero sí puedo decidir desde donde quiero vivirlas, desde que opción vital de sentido quiero traducir e interpretar mis días. Hoy me miro al espejo, y aun con el pésimo careto de haber dormido muy poco, me he dicho a mí mismo, con solemnidad y determinación: Hoy voy a ser feliz, y ya que estamos, intentar hacer felices a quienes me rodean, o al menos, no ser un peñazo para ellos.

No hablo de una felicidad cursi y efímera. Hablo de asumir un punto de vista desde una perspectiva realista, pero a la vez optimista, con un toque de ingenuidad, pero lejos de la estupidez, y por supuesto, sin más aditivo que la pasión de vivir. Voy a tomar esta opción vital como punto de partida y no de llegada. Quiero saborear la vida que se teje en cada día, y en todas las horas de los tiempos ordinarios y extraordinarios. Dotar de sentido nuestro itinerario vital es una tarea urgente y requiere la constante actualización de un antivirus. La falta de motivación conduce al abandono en brazos de la peor de las dinámicas: la inercia.

Volver a la rutina es un triunfo, una suerte y un privilegio, que no tienen quienes no conocen más interminable rutina que vivir para sobrevivir. Es un regalo que añoran quienes viven bajo una enfermedad severa. No poder volver es la mayor pérdida de quienes ya no están con nosotros porque les fue arrebatado el tiempo. Que vuelvan, el mayor anhelo de quienes sufren la pérdida. Volver a la rutina es darle la vuelta a la rutina y tomar conciencia de que ésta no existe, solo el tiempo que se escapa por segundos y nos recuerda que cada uno de ellos es extraordinario. Que el despertador suene mañana para todos y que todos disfrutemos de la bendita rutina.

El mundo no puede mirar hacia otro lado.

El mundo no puede mirar hacia otro lado.

El mundo no puede mirar hacia otro lado.

Nico Montero (publicado en La Voz de Cádiz, 20/08/2021)

Talibán, una palabra dotada de musicalidad que hasta podría ser el nombre de un grupo de canciones infantiles, de esos que hacen las delicias de los peques con canciones ñoñas y reiterativas. Nada más lejos de la realidad. Que pena que el metalenguaje de este término esté henchido de la maldad más cruel y lesiva capaz de ser cometida por un hombre. Mientras todos los ojos, algunos con vergonzosas lágrimas, estaban contemplando la partida de Messi a su particular Olimpo en París, las noticias nos daban un baño de realidad y nos recordaban que la vida no es un partido de fútbol entre jóvenes millonarios, idolatrados hasta por los más reaccionarios fundamentalistas islámicos.

Las escenas de los talibanes entrando en Kabul, y de los afganos corriendo por las pistas aferrándose desesperadamente a los aviones en marcha, significaron la materialización de un desastre anunciado desde el momento en que occidente decidió desentenderse de un puzle geopolítico difícil de resolver.El escenario arroja cinismo. Occidente habla de error de cálculo y de falta de previsión. Biden se lava las manos argumentando que no podían defender lo que ni las fuerzas afganas defendieron. Pero ¿Dónde estaba ese ejercito armado y entrenado que prometieron en su día? Tampoco necesitaron los talibanes mucho despliegue. Con sus viejos Kalashnikov fueron avanzando, capital tras capital, consolidando una victoria sin resistencia. La única respuesta a los talibanes no la protagonizaron unos atemorizados soldados afganos, sin recursos ni logística, sino un grupo de mujeres valientes, que con pancartas y a cara descubierta, se enfrentaron a los fundamentalistas reclamando el respeto a su dignidad, e inspirando manifestaciones en varias ciudades, que tuvieron represalias y muertos en las calles.

Rusia, China y Pakistán reconocerán al régimen talibán para ganar peso en la zona, anotándose un tanto frente a Estados Unidos, el enemigo al que batir en cualquier frente. Rusia lleva tiempo criticando la intervención de Estados Unidos en Afganistán, por lo que ha recibido la noticia del fracaso de Washington con gran satisfacción. Hace más de tres décadas, la Unión Soviética evacuaba a sus últimos tanques en Afganistán por el Puente de la Amistad, dirección a Uzbekistán. Esta semana fueron los afganos y sus milicianos, aliados de Estados Unidos, los que se veían obligados a huir por el mismo puente. Por otro lado China, pragmática e interesada, quiere participar en la reconstrucción y proporcionar inversiones para ayudar al desarrollo futuro del país. Pakistán es el vecino más entusiasta. La esperanza pakistaní es que el Gobierno talibán le dé más influencia y ventajas en Kabul y así convertirse en un fuerte aliado en la región, alineado con sus valores islámicos.

Aunque los líderes talibanes han aparecido en televisión con aire bondadoso, con sus barbas de sabios ancianos, lo que se avecina es terrorífico, especialmente para las mujeres y las niñas. Aunque en las zonas rurales, la discriminación de la mujer seguía presente, los avances en la igualdad, desarrollados en las capitales durante estos 25 años, desaparecerán de un plumazo. Ya ha empezado el horror y cientos de niñas han sido entregadas para casarlas con combatientes talibanes y cerrar acuerdos. La represión sobre la mujer será brutal e inhumana, hasta convertirla en invisible. Los homosexuales serán asesinados.

En este contexto, crece una crisis humanitaria, con millones de desplazados huyendo de la barbarie. Y para completar el círculo vicioso, la instauración del régimen será el caldo de cultivo para que muchos niños lleguen a ser terroristas, dispuestos a todo por el régimen que les adoctrinó. ¿Todos estos crímenes serán permitidos sin más? Con la imagen de mis hijas en la retina, creo que el mundo no puede mirar hacia otro lado mientras los talibanes esclavizan a mujeres y a niñas con total impunidad.

El evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas. Nico Montero

El evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas. Nico Montero

Queridos amigos. Se acaba de publicar en la prestigiosa y legendaria Misión Joven – Revista de Pastoral Juvenil mi último estudio sobre «El Evangelizador en contextos de increencia. Retos y Perspectivas»

Con la solera que le da su dilatada experiencia como educador en un instituto público y como músico cristiano de larga trayectoria, el autor propone en su reflexión situarse adecuadamente en el escenario de la increencia en el que vivimos para recuperar una nueva conciencia evangelizadora. Y propone hacerlo con audacia y creatividad, desde el respeto a la pluralidad y la mirada cálida a la multiculturalidad, compartiendo su experiencia evangelizadora incisiva y transformadora en ambientes secularizados.

EL EVANGELIZADOR EN CONTEXTOS DE INCREENCIA. RETOS Y PERSPECTIVAS. NICO MONTERO

Profesor de Filosofía. Director de Instituto y responsable de la Formación y Evaluación de directores de la Escuela Pública. Presidente de la Comisión de Escolarización de Cádiz. Cantautor cristiano y Premio ¡Bravo! de la Música. Miembro del Ateneo Literario, Artístico y Científico de Cádiz. Columnista en La Voz de Cádiz, dirige en cadena COPE el espacio “Música, Fe y Compromiso”.

«La ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo» Evangelii Nuntiandi, Pablo VI.

Superar el miedo escénico

A nadie se le escapa que la fragmentación entre la fe y la cultura actual ha crecido notablemente en las últimas décadas, pasando del ateísmo beligerante a un nuevo escenario de increencia y manifiesta indiferencia.  Vivir al margen de la fe se ha ido asentando con fortaleza, de forma especial entre los más jóvenes, que han heredado una desafección que ha borrado del horizonte de muchos la fe como experiencia vital. En este contexto, hay quiénes desconcertados por el clima actual, sienten una recurrente nostalgia de tiempos pasados en los que todo parecía más claro y seguro. En otros casos, se abre paso la actitud defensiva que adoptan algunos, atemorizados por un mundo indiferente y a veces hostil a la fe. Hay también quienes tratan de recuperar la audiencia y el prestigio perdidos asimilando la fe a los criterios de ideologías políticas herederas del nacionalcatolicismo, sustituyendo la salvación y la esperanza cristiana por un ideario trasnochado y poco evangélico. No es difícil encontrar a quienes viven abatidos porque piensan que la incredulidad avanzará sin remedio destruyendo la presencia de la Iglesia en nuestra sociedad. Otros se enquistan en sus propias posiciones sin revisar su forma de proceder y sin tratar de interpretar correctamente el significado y las exigencias de los nuevos tiempos. Y, por último, quienes se lanzan a ensayos desesperados que desnaturalizan la palabra del Evangelio. En ese panorama, se hace fuerte el miedo escénico, y en muchas ocasiones, entra en acción el pánico pastoral ante la dificultad creciente de ser significativos en tiempos de increencia. Es el momento de aceptar que la presencia de la Iglesia en el mundo cambia de paradigma, y qué por hacerse más pequeña, no deja de hacerse más grande y auténtica. Quizá ahora se pueda recorrer un camino más en consonancia y coherencia con la iglesia primitiva y con el ideario de Jesús. Los nuevos tiempos de increencia, el nuevo escenario de intemperie, la ausencia de poder, la libertad frente a las ataduras de los intereses políticos y económicos, configuran una oportunidad para una audaz y renovada EVANGELIZACIÓN EN TIEMPOS DE INCREENCIA. Un nuevo escenario con nuevos retos y líneas de acción.

El difícil escenario de la increencia

No se trata simplemente del descenso de la práctica religiosa o del desapego hacia las instituciones eclesiásticas. Se trata de una mentalidad, de una atmósfera de indiferencia hacia lo trascendente. El indiferente no se preocupa por la cuestión de Dios; ni siquiera lo echa de menos.

Las motivaciones que dan lugar a la indiferencia religiosa son variadas. En algunos casos se trata del paso de vivir con religiosidad al abandono de la fe, que comienza con el alejamiento de la práctica religiosa. En otros casos es el resultado del ambiente familiar, que no ha cultivado la referencia religiosa. También la indiferencia puede ser la respuesta ante un conflicto o alguna crisis vivida que ha derrumbado la fe. Y por supuesto, puede ser el resultado del mal ejemplo de quienes tenían que alimentar y transmitir la fe.

Las raíces de la increencia son también diversas. Para muchas personas no se trata de motivaciones razonadas, sino de un modo de situarse en el mundo que se respira en el ambiente y que es avivado especialmente por los medios de comunicación social. Una de las principales raíces se encuentra en la mentalidad hedonista, que tiene como credo una obsesión por el bienestar. Las personas viven volcadas en el consumo y el deseo de lo inmediato, quedando incapacitadas para abrirse a Dios.

La manera de pensar postmoderna se encuentra también en el trasfondo de la indiferencia religiosa. Se ha instalado un modo de pensar que se caracteriza por una pérdida de confianza en la razón, a la que se pretende sustituir con lo que se ha denominado una “razón débil”. Se desprecian las grandes teorías y doctrinas, las cosmovisiones ancladas en la razón, y se les acusa de generar totalitarismos. Esta razón débil se muestra incapaz de alcanzar verdades absolutas.

La mentalidad cientificista provoca también graves dificultades para creer. Los éxitos innegables de la investigación científica y de la tecnología contemporánea han contribuido a difundir una mentalidad cientificista, que reduce toda experiencia humana a la propia de las ciencias positivas. Los avances de la ciencia y de la técnica han traído consigo en el mundo occidental una gran expansión económica, cuyo resultado ha sido la sociedad del bienestar que, a su vez, ha traído un espíritu desmedido de consumo: se procura un exceso de bienes y se crean falsas necesidades; la producción tiende a convertirse en un fin en sí misma; lo superfluo se convierte en necesario; el hombre se convierte en consumidor. El espíritu consumista acaba generando en el hombre un ansia insaciable de tener y poseer; se siente desgraciado si tiene menos que los demás y acaba siendo insolidario, porque olvida a los más pobres y contribuye indirectamente a su explotación. Este materialismo le lleva fatalmente a vivir como si Dios no existiera y a procurar sacar el máximo provecho de la vida prescindiendo prácticamente de Dios.

La pandemia, una oportunidad.

Y en este panorama, nos visita una pandemia para poner patas arriba toda la sociedad del bienestar que se había configurado como una nueva religión, pertrechada con sus profetas, su credo, sus templos y sus ritos (lo analizaremos con detenimiento en otro estudio). La Pandemia, además de una tragedia, puede ser una oportunidad, especialmente para los jóvenes. Durante la historia han sido escasos, pero significativos, los momentos en los que los adolescentes y jóvenes han tenido que poner en juego un protagonismo inédito y extraordinario para dar respuesta a los signos de los tiempos. No han sido muchos los episodios de jóvenes liderando cambios sociales, porque los hilos de la historia los han movido otros, y la han escrito quienes han creído, no pocas veces, que la juventud es un estado henchido de vagas ilusiones, una pueril fantasía pasajera que tiene poco que aportar al mundo, “serio y realista”, construido por los adultos. En nuestra memoria colectiva nos salen al encuentro los recuerdos de la revolución contracultural hippie de los 60, el coraje y la valentía de los jóvenes chinos de la plaza de Tiannamén enfrentándose, a cuerpo descubierto, al rugido monstruoso de los tanques, la lucha de muchos jóvenes, desaparecidos y torturados, en tantos países, por reclamar democracia y el advenimiento de la primavera en los invernales regímenes dictatoriales, y últimamente en España, el 15M y los movimientos juveniles contra el cambio climático.

Hoy, en tiempos de una gran desafección de la los jóvenes por las cuestiones sociales o políticas, preocupados más en estar al día de lo último en tik tok y dedicados en cuerpo y alma al consumo de las nuevas tecnologías, quién nos iba a decir que esta pandemia colocaría a los adolescentes y jóvenes en su hora más transcendente. Esta realidad ha significado la hora de la Generación Covid, su particular hora de la verdad. Ha provocado una urgente necesidad de superar la apatía y dar paso a la empatía, esa capacidad que provoca que te duele lo ajeno como tuyo, que hace que te afecte el infortunio de los que mueren, el pesar de los que enferman, la intemperie y el vértigo de los que atraviesan penurias económicas, la frustración y la pena de los que perdieron a seres queridos sin un adiós digno. La pandemia ha generado la necesidad de poner en valor una actitud vital, tantas veces escrita, manoseada, contada, apelada… tantas veces reclamada y siempre por estrenar: La responsabilidad, la responsabilidad individual. Ha colocado a los jóvenes en una oportunidad transcendental. Por un lado, ha generado en una gran mayoría (aunque siempre hay algunos descerebrados) una disciplina social, corresponsabilidad y generosidad, valores que entroncan con las raíces y la propuesta del humanismo cristiano. Por otro lado, ha supuesto un baño de realismo existencial y ha recordado, con mucha dureza y crueldad, la fragilidad de nuestra naturaleza, con gran capacidad para la cultura, pero tremendamente biológicos, sujetos a la intemperie de una condición natural que nos hace frágiles ante virus microscópicos, capaces de derribarnos como David a Goliat, pero sin el honor de una batalla leal, sino con la traición de una puñalada trapera que se ceba con el más débil.

En esa coyuntura de incertidumbre e intemperie, es cuando surgen los grandes interrogantes sobre la vida, su sentido, su precariedad, su razón de ser. Es cuando brotan las inquietudes más existenciales que abren un gran ventanal al misterio y a la búsqueda de sentido. Iluminar esta realidad desde los ojos de la fe, generando cadenas de solidaridad y ofreciendo motivos para la esperanza, son el gran reto de estos tiempos pandémicos.

Recuperar la conciencia evangelizadora

Llegados a este punto, es el momento de recuperar la conciencia y el dinamismo evangelizador. Durante mucho tiempo se ha funcionado con mecanismos que tradicionalmente servían para «transmitir» la fe. Los sacerdotes predicaban a los fieles congregados en la misa dominical, las congregaciones articulaban plataformas pastorales con nutrida presencia juvenil, los padres educaban cristianamente a los hijos, los catequistas y maestros enseñaban la doctrina cristiana a sus alumnos. Parecía suficiente. Bastaba el ambiente cultural para que se practicara la religión. No se sentía la necesidad de una acción realmente evangelizadora. Las iglesias centraban entonces sus esfuerzos en los servicios y la atención a los practicantes. La preocupación principal de la pastoral era instruir esa fe que se suponía en todo individuo y conservarla viva mediante la práctica de los sacramentos. Poco a poco, las parroquias se polarizaron casi exclusivamente en la catequesis, en el culto y en las prácticas religiosas, perdiendo dinamismo misionero y olvidando cada vez más la tarea propiamente evangelizadora.  Por eso, la primera tarea, humilde pero urgente, es aprender a poner en marcha la evangelización que reclama esta sociedad, un día tradicionalmente cristiana y hoy indiferente en gran medida a Dios. Falta experiencia. Acostumbrados a presentar la fe a personas que la aceptaban sin dificultad, se precisa articular estrategias para dialogar con los increyentes y herramientas para anunciar a Jesucristo a los indiferentes, y especialmente a los jóvenes en contextos de increencia. Es el momento de jugar el partido en un terreno ajeno y desconocido, que paradójicamente resulta ser también el nuestro. Es la hora de salir del espacio de confort pastoral que reitera un camino trillado y conocido para atreverse a abandonar fórmulas caducas y planteamientos con fondo y forma a superar necesariamente.

Pastoral de Frontera

Salir al encuentro y navegar en mares desconocidos provoca una sensación de vértigo que puede generar temor a no ser comprendido, miedo al rechazo y a ser señalados. Llamados a compartir el proyecto de Jesús, no nos queda otra que asumir aquellas palabras del maestro “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio”. Cuando se desarrolla la pastoral juvenil en plataformas y movimientos cristianos, evidentemente se juega en casa, con la atmósfera adecuada y, de entrada, la necesaria receptividad. Aun así, en estos tiempos, la pastoral con jóvenes evangelizados requiere una tensión y una capacidad de contextualización grandes, para no perder la eficacia de los procesos de fe, con el objeto de que vayan configurando un proyecto de vida.

Cuando nos movemos en ambientes al margen de la fe, la cuestión se complica bastante y aumenta la necesidad de audacia, y se hace necesario poner en valor capacidades y competencias para desarrollar una labor en la que, de no mantener el equilibrio, se pueden echar por tierra todos los puentes que se intentan crear. Llevo décadas trabajando en ese sentido, desde mi condición de cantante cristiano, moviéndome en pubs, universidades, cárceles, y teatros de muchas ciudades y países, con más de mil conciertos a las espaldas. Y también desde mi condición de educador, desde hace veinte años, como jefe de estudios y director de un enorme instituto público en Cádiz. A lo largo de estos años he ido concretando un ideario de experiencias, intuiciones y estrategias que trato de resumir en un concepto: PASTORAL DE FRONTERA. Lo defino como el arte de evangelizar con pocas palabras y poniendo en valor el verbo de los hechos. Una apuesta por interpelar y provocar interrogantes, suscitando el diálogo y posibilitando el anuncio de la propia identidad evangélica. No hay recetas milagrosas, pero si hay actitudes que evitar y otras que poner en valor. Te invito que me acompañes en este camino lleno de pensares e intuiciones que se forjaron a raíz de experiencias concretas.

No juzgar ni condenar

El mayor de los errores para seguir espantando a quienes no han tenido la posibilidad de conocer la fe, o la tienen “sostenida con alfileres” es demonizar, desde el púlpito y la cátedra de la verdad, tanto a la cultura en general, como a las modas juveniles en particular. Las condenas, tan reiteradas antaño, dirigidas al que piensa o vive desde otra óptica, o sencillamente, por ejercer su libertad en cuestiones de opciones personales, producen un hartazgo social y un agotamiento pastoral que solo aumenta distancias y genera rencores. Se hace necesario superar el pesimismo antropológico que convierte lo humano en sospechoso de pecaminoso o inmoral, para dar paso a una concepción en positivo, que trate de rescatar todo lo bueno, lo bello y lo amable que hay en cada ser, desde el respeto más absoluto a la conciencia, a las opciones personales y a los itinerarios en libertad. De manera que la inmersión en ambientes de increencia, no puede abordarse desde el vicio del prejuicio, ni desde la consideración personal de sentirse “salvador” del otro, que ni siquiera siente la necesidad de ser salvado.

Si somos capaces de ser catalizadores de bondad y contagiar optimismo y fe en los otros, especialmente en los jóvenes, favoreceremos el ambiente y el contexto propicio para que surja la sintonía y pueda darse el preciado momento de conectar. Conexión y sintonía son como el espacio y el tiempo en Kant, las coordenadas necesarias para que pueda darse la significatividad. A medida que aumentan ambas, crece la figura del evangelizador en la vida de los jóvenes.

Conectar y sintonizar

Conectar es crear un espacio compartido de transmisión de amistad, cercanía y aprecio, en rutas y caminos de ida y vuelta. Cuando Don Bosco les decía a sus salesianos: “No basta amar, es preciso que ellos se sientan amados” pone todo el acento en la necesidad de priorizar el mundo de los afectos, de manera que la pastoral no sea algo así como una empresa que ejercen pastoralistas “profesionalizados”, donde el producto final se elabora con material humano (jóvenes) para obtener unos resultados diseñados en un programa genérico e impersonal. Hay que huir del nefasto error de utilizar a los destinatarios para fines institucionales, por muy loables que éstos sean. Es preciso poner en valor que la acción pastoral es la consolidación de una relación en toda regla, una relación personal, única, significativa, en la que se establece un vínculo que pone el afecto en el centro y la pedagogía del amor como referente. Hacer pastoral es cultivar y cuidar relaciones humanas, que parten de la persona como raíz y tienen a la persona como finalidad y centro.  

Eso sí, sintonizar con los jóvenes no significa asumir sin más todo su universo, sin espíritu crítico. Pero la prioridad no es la confrontación, ni es la mejor estrategia a seguir. Es más inteligente establecer un canal donde podamos encontrarnos, y asumir la capacidad que tienen de enriquecernos y de ser protagonistas de algo nuevo que podemos construir juntos.

De la escucha activa al diálogo sincero

El sentimiento de soledad ha doblado su incidencia en los últimos meses a consecuencia de la pandemia, y se ha agudizado esta dilatada enfermedad, más silenciosa, que nos acompaña desde hace años y que no deja de crecer: la soledad. En la era de las redes sociales, de la conectividad, son cada vez más los jóvenes que se sienten solos. Cientos de amigos en el WhatsApp o muchos likes, pero poca sustancia en las relaciones. Puede que éstas se estén deteriorando y sean tan efímeras como un selfie. Estamos en un proceso de individualización galopante, cada vez más solos y con relaciones menos comprometidas. Los jóvenes necesitan ser escuchados. La acción pastoral no puede ser una propuesta que se implementa con fórmulas inamovibles y preconcebidas, brillantes itinerarios de libro, si no hay antes y en todo el proceso, una oportunidad de escucha serena y real de los destinatarios. Una escucha que provoque descubrimientos y hallazgos que renueven, actualicen y modifiquen nuestra acción pastoral, a favor de una mejor contextualización y de una mayor atención a la diversidad.

La mayor cualidad para un evangelizador en contextos de increencia es cultivar la capacidad de empatía, consolidándose como un referente de la escucha activa y dinámica de los destinatarios. Cuando los adolescentes y jóvenes se sienten escuchados con calidad, abren el corazón, verbalizan su yo más profundo, los temores, las ilusiones, las dificultades…crece entonces la confianza, y desde ahí, se abre la puerta a la oportunidad educativa y también la ocasión evangelizadora. Desde ahí brota el diálogo, honesto, sincero y vital, que nos capacita para caminar juntos y compartir la vida. Los monólogos y los discursos se quedan en la superficie, no calan, y como una capa de barniz fresca que se desdibuja y desaparece con la primera lluvia, no provocan más recorrido que el olvido. 

Acompañar desde lo profundo

En el vertiginoso ritmo de la vida, tan asfixiante y muchas veces despersonalizado, se hace urgente el acompañamiento y la acogida. En ambientes al margen de la fe, cuando no se desarrolla la labor pastoral desde una plataforma estructurada, con un grupo de destinatarios inmersos en un itinerario de fe, la tarea evangelizadora se juega el todo por el todo, en el delicado terreno de las distancias cortas. Se hace prioritario cultivar la relación individual, desarrollando una gran competencia personal de acogida y de acompañamiento. El anhelo de cercanía y de encuentro es, hoy por hoy, un valor emergente que se presenta con una gran posibilidad creativa. Puede decirse que el programa de acompañamiento ha sustituido, en muchas organizaciones humanas, como las empresas, al viejo paradigma de la dirección de personas.

Los jóvenes no buscan ser dirigidos desde fuera, sino acompañados desde lo más profundo de su ser y de su propia experiencia humana. En mi trabajo diario al frente de un centro con más de mil personas pululando por nuestra aldea escolar, he descubierto que desde el acompañamiento a adolescentes, jóvenes y familias existen muchas posibilidades de servicio a la persona y a los retos de su vida. No hay una alternativa única, no funcionan las rutas prefabricadas. Se trata de hacer camino al andar, y de andar juntos.

De las doctrinas al testimonio.

La acción pastoral que se desarrolla en ambientes ajenos a la fe no precisa de tantas palabras, manidas y gastadas palabras, al menos en su fase inicial. Las palabras dichas a destiempo y en contextos inoportunos malogran la oportunidad evangelizadora. Los jóvenes (y no tan jóvenes) se cansan de las grandes palabras (por eso las acortan en los mensajes de WhatsApp), se sienten perdidos en la maraña de lenguajes que no entienden, en liturgias rimbombantes, y en los discursos doctrinales que tienen poco que ver con su vida.

El lenguaje de los hechos, de los gestos, y de la vida cotidiana se constituye como el único discurso capaz de generar imitación. Se aprende lo que se vive, se interioriza lo que se experimenta. Es el testimonio personal del evangelizador, forjado a diario, la mejor herramienta, silenciosa, pero constante como la corriente del río, capaz de orientar la mirada y el corazón a otros océanos y otros mares por descubrir.

Recuerdo, cuando en el año 2001 me nombraron Jefe de Estudios del IES Bahía de Cádiz, uno de los más grandes de la provincia. Solo llevaba un año como docente en ese centro. Acababa de obtener mi plaza de funcionario en propiedad. El panorama era preocupante. Más de 1.500 alumnos, grandes problemas de convivencia, mucho consumo y tráfico de hachís, episodios de violencia e incluso delincuencia. También muchos adolescentes y jóvenes en otra clave, sobreviviendo a la quema. Era preciso cambiar el panorama y trabajar duro. Me sentí llamado a ello, como salesiano cooperador. Y a ello nos pusimos. Fueron años intensos, de mucho trabajo: campañas de educación en valores, escuelas de padres, grupos de formación humana, propuestas educativas alternativas, y para culmen y con el objeto de canalizar la energía y crear una válvula de escape a la tensión acumulada, desarrollé durante siete años una experiencia inédita en un centro público: Dos viernes al mes desarrollábamos una gran movida alternativa nocturna, desde las 22.00h hasta la 01.00h. El centro se convertía en una gran aldea juvenil, llena de adolescentes del propio centro y del barrio. Más de 500 chavales en una oferta educativa con discoteca, torneos, talleres, espectáculos. En esa aventura se sumaron profesores, más de veinte muchas veces, funcionarios que más allá de su horario laboral y de cualquier remuneración, dos viernes al mes, participaban de esta historia creativa y transformadora. Un grupo de alumnos de bachillerato formaba la comisión que organizaba la movida conmigo. Muchos de estos alumnos, al abandonar el centro y marchar a la universidad, seguían colaborando, con un vínculo que se mantuvo durante años. La experiencia fue objeto de estudio por un grupo de investigadores de la universidad de Málaga cuyo trabajo puedes leer aquí:  http://www.blog.nicomontero.com/wp-content/files/Experiencia_Innovadora.pdf  y de Canal Sur T.V. que se hizo eco grabando un programa especial sobre nuestra propuesta educativa que puedes ver en este enlace: https://youtu.be/LhJep-S4qYw

Del testimonio a crear interrogantes

Durante todos esos años de trabajo educativo y relato testimonial, desarrollado con el poder de los hechos, desde el compromiso concreto por fomentar la convivencia en mi centro y avivando los valores del humanismo cristiano, tuve la oportunidad de compartir el por qué lo hacía y desde dónde lo hacía. Las acciones generaron interrogantes. Y las preguntas me llegaron personalmente. Me las hicieron alumnos, profesores, padres y madres. Y se produjo la oportunidad, el tiempo preciso, y el contexto para la respuesta. Es precisamente en ese preciado momento, cuando la vida del evangelizador se convierte en interrogante, cuando es posible el anuncio explícito, necesario, para que nuestra labor no sea solo humanista, sino pastoral. Cuando nuestras actitudes y nuestros hechos calan en los otros, cuando nuestro testimonio adquiere peso y valor, se está en las condiciones óptimas para expresar y compartir con alegría y sencillez la fe que nos mueve. Y esta fe se hace creíble y se transmite con la fuerza de la bondad y la coherencia de quien ya es respetado por sus obras. “Por sus obras los conoceréis”.

Recuerdo aquel profesor de historia, increyente hasta la médula, ayudándome a montar las mesas de ping pong para la movida de esa noche. Me dijo: “Nico yo no creo, ya lo sabes, pero creo en lo que haces, en lo que hacemos. Ojalá tuviera tu fe…” Le respondí, “Nadie te lo impide… nunca es tarde amigo…que sepas que EL tiene mucha fe en ti”. Ahí lo dejé, como dicen los adolescentes, lo dejé “pillado”. Hoy ha abierto una discreta puerta a la fe. El señor va haciendo el resto. 

Me ha pasado algo parecido en el ámbito de los conciertos, aquí y allá. Después de más de mil conciertos, vividos desde la gratuidad, sin cobrar jamás una vieja peseta ni un euro y con 16 discos a las espaldas, dedicados a fines solidarios y no comerciales, la Conferencia Episcopal tuvo a bien concederme el Premio Bravo de la Música, la más alta distinción de la iglesia a un músico, sucediendo a la anterior galardonada, Montserrat Caballé. Recuerdo que un periodista de El Mundo se desplazó a Cádiz para entrevistarme. Me preguntó que, tras el premio, a dónde quería llegar… Le dije: “Ya he llegado. Canto al más grande, y a los más pequeños, con libertad que me da el Evangelio y además con la fortuna de conocer a mucha gente buena gente de aquí y de allá. Amo lo que hago, es mi ministerio y me siento llamado a ello. No quiero más que seguir prestando este servicio hasta que Dios quiera”. Se quedó totalmente descolocado e interpelado al mismo tiempo, y días después, pude leer la entrevista, en la que concluía su artículo con una frase lapidaria: “Rara avis este Nico Montero”. Puedes leer la entrevista en este enlace: https://www.elmundo.es/andalucia/2015/01/10/54b02a2122601dcd468b456f.html

En mis treinta años de conciertos, la forma y el fondo de hacerlo, desde una perspectiva solidaria y vivido como vocación y ministerio, ha sido una oportunidad privilegiada para poder crear interrogantes. Haberme desligado de las típicas ataduras comerciales, de los intereses económicos propios y lícitos, y de los estereotipos de los mercados, así como haber incorporado muchas temáticas de corte humanista, me ha permitido ser anuncio de algo nuevo a miles de amigos que nos siguen en muchas plataformas digitales de todas las latitudes, muchos de ellos personas que viven al margen de la fe. No han sido pocas las veces qué la extrañeza inicial de algunos ante mi testimonio a través la música, ha dado paso a la inquietud personal y a la curiosidad. Descolocar al otro, provocar y romper dinámicas establecidas es muy necesario para testimoniar que hay otra manera de vivir.

¿Viejas recetas en nuevas tecnologías?

Permitidme un último apunte sobre la oportunidad y la necesidad imperiosa de estar allí donde se cuece la cultura actual, y donde están los adolescentes y los jóvenes: El universo de Internet. Pero, ¡ojo!, sin hacer el ridículo. No nos aventuremos a hacer canales de “tik tok” o intentemos ser “youtubers” de la noche a la mañana, como si para ello no hiciera falta formación, ni capacidades personales y por supuesto, tener muy claro el proyecto, y contar con los medios de calidad que se requieren para hacer una oferta que enganche y sea fructífera. Cuando buscas contenidos católicos en las redes, abundan las predicaciones, las misas virtuales, novenas, triduos, las emisoras de radios católicas, las plataformas de oración y muchos vídeos de música católica (incluidos los míos). Todo con la mejor intención y pretendiendo hacer todo el bien posible, sin duda. Sin embargo, son realidades digitales muy pensadas y consumidas por “los de dentro”, que incluso, en algunos casos, no conectan con el público católico por la falta de novedad y la baja calidad de los contenidos. Hay que cuidar la forma y el fondo, porque usar nuevas tecnologías con viejas propuestas nos sitúa en el catálogo de los contenidos despreciados.

Hay un gran camino por recorrer, para poder interpelar allí donde la fe ni está, ni se le espera. Ese camino nos lleva a favorecer espacios digitales de calidad que pongan sus ojos en circunstancias humanas en las que la presencia evangelizadora brilla por su ausencia o las manifestaciones son muy contadas. Hay terrenos donde debemos y podemos estar, favoreciendo redes de solidaridad y una presencia comprometida, que nos permita conectar con tantas realidades humanas que no nos son ajenas. Siguiendo los pasos de Jesús, y poniendo a la persona en el centro por encima de cualquier otra consideración, hay margen de mejora en muchas piezas del mosaico contemporáneo que está configurado por temas preocupantes y de mucha actualidad.  Algunos ejemplos de mares en los que navegar, mar adentro:

  • Creación de espacios para la promoción de la mujer, actuando activamente contra la violencia y el machismo, y articulando un plan de igualdad como marco de actuación.
  • Desarrollar una presencia más clara y contundente ante el drama de la inmigración, a favor de la dignidad de los migrantes, y en pro de la erradicación de la xenofobia y el racismo.
  • Favorecer canales de concienciación sobre el cambio climático, promoviendo acciones concretas para plantar cara a los retos del deterioro de nuestro planeta.
  • Liderar actuaciones contra la homofobia, estableciendo iniciativas para una educación en el respeto a cada ser humano.  
  • Crear espacios de ocio y entretenimiento, alternativos, atractivos e inteligentes.
  • Alimentar plataformas que fomenten una actitud crítica frente a las convicciones y creencias dominantes.
  • Activar herramientas de educación en valores humanos básicos.  

Desde una presencia encarnada e inclusiva, urge explorar nexos con las periferias y con toda clase de personas, para caminar juntos y tener la posibilidad de la interpelación, la oportunidad de generar interrogantes y puede que el momento de dar testimonio de nuestra identidad evangélica. Pero todo a su debido momento, respetando los tiempos. 

Respetar los tiempos.

Cuando se hace pastoral con jóvenes de todos los pelajes y realidades posibles, la precipitación es el principio del fin. La pasión evangelizadora no puede cegarnos ni convertirse en contraproducente, provocando el efecto contrario a lo buscado. Por ello, el diálogo no podrá versar desde los inicios sobre Dios o la religión, sino que habrá que remontarse a algunos valores humanos básicos y empezar a caminar desde escalones anteriores para llegar a suscitar la pregunta del sentido que brota en todo hombre y mujer de forma recurrente. La paciencia del sembrador se hace necesaria para acompañar a los jóvenes y ser para ellos anuncio de algo nuevo, caminando juntos en lo cotidiano.

Salir al encuentro

No hay recetas ni pócimas mágicas. En nuestras manos la tarea de crear espacios y oportunidades con quienes viven al margen de la fe. Hay que resituar nuestra misión y salir al encuentro allí donde se cuece la vida, no para hacer con ella un escrutinio, sino para compartirla, para regalar la experiencia de la fe, su sentido festivo y comunitario, y en ese camino, dejar que Dios haga su parte.

Si la fe y la vida se han fragmentado, quizá sea porque los que teníamos encomendada la tarea de avivar y transmitir la fe, nos hemos alejado tanto de la vida y de los hombres, que no hay rastro de nosotros en las calles, las plazas, los barrios y los afanes cotidianos. Salgamos de las trincheras, de las sacristías y de las iglesias endémicas. Salgamos al encuentro. Tengamos la valentía de resituar la misión de la iglesia revisando nuestra forma de anunciar la fe para reflejar con fidelidad el rostro de Cristo.

BIBLIOGRAFIA

F. CONESA – J. M. CEJAS, El nuevo ateísmo. Hoja de ruta, Rialp, Madrid 2012.

R. CORAZÓN GONZALEZ, Agnosticismo. Raíces, actitudes y consecuencias, Pamplona 1997.

A. JIMÉNEZ ORTIZ, Por los caminos de la increencia. La fe en diálogo, Madrid 1993. 

J. MARTÍN VELASCO, Increencia y evangelización. Del diálogo al testimonio, Santander 1982. 

Puedes descargar el artículo en este enlace con el maquetado y diseño atractivo de la Revista MISIÓN JOVEN: http://blog.nicomontero.com/?dl_id=197