No somos floreros pastorales. Mil gracias a la Conferencia Episcopal de Colombia.
Hay quien piensa, dentro de nuestra querida Iglesia, que los cantores o predicantores católicos, o cantautores, o como quiera que nos llamemos, estamos para rellenar y adornar algun encuentro o jornada de turno. En estos 20 años no son pocas las veces en las uno se ha sentido un auténtico florero pastoral y ciertamente en ocasiones es muy desalentador recorrer miles de kilómetros entre ida y vuelta y, por falta de comprensión de nuestro ministerio y servicio, tener la sensación de que has ido a decorar una actividad pastoral. Evidentemente seguimos en esto por vocación, profunda y asumida, y uno no tiene mecha 20 años por amor al arte, sino por amor a Cristo. Y también, os aseguro que la mayoría de las experiencias han sido positivas, cuidadas con esmero, escogiendo el lugar con acierto, garantizando los medios oportunos, cubriendo las necesidades para que un concierto sea de calidad tanto en el contenido como en la forma. Pero es justo y necesario decir que a veces, y en mi caso, sobre todo al principio de mi trayectoria, uno se sintió florero, convidado de piedra a un evento en el que cantas en la hora intempestiva, sin medios básicos para que tu trabajo y servicio suene decentemente, y sin que nadie te pregunte si has comido o si lo que te dan cubre los gastos de los miles de kilometros que hiciste. Por eso, en muchas ocasiones, les digo a los que empiezan que aten todos los detalles con quienes organizan y desestimen propuestas en las que no se valora su trabajo pastoral debidamente. Y no es que vayamos de artistas o seamos exigentes, porque al final prestamos el servicio con la entrega más absoluta aun cuando haya que cantar con un megáfono, eso si , nos gusta, al menos, percibir que quien nos llamó a prestar el servicio y coordinó la actividad cree y valora la importancia de la música cristiana como instrumento de evangelización. Y si no es así, nos empuja Cristo y la gente de aqui y de allá que asiste a los conciertos y nos alienta con su complicidad. No somos floreros, al menos un servidor y otros que conozco con quienes comparto esta cruzada de música y evangelización. Al hilo de esto, me sorprendió gratamente recibir un correo tan afectuoso y alentador como el que ahora os añado debajo. La Conferencia Episcopal de Colombia me escribe esto, a fecha de hoy mismo, 12 de Agosto. Y me llena de emoción, y de gratitud sentirme tan bien tratado, comprendido, mimado y querido por este trozo de la Iglesia, que hoy me ha ganado para su causa nuevamente. Gracias por vuestra visión de nuestro servicio.
Bogotá, 12 de agosto de 2010